Al pie de la Cruz o Los Dolores de María: Ivory Falls Books

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  3. Música · El Corte Inglés
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  5. Al Pie De La Cruz O Los Dolores De Maria (1952)

Mientras contemplaba el crucifijo con los ojos del cuerpo, al instante mi alma fue abrasada por el amor, y todos los miembros del cuerpo lo sentían con desmesurada alegría.

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Y veía y sentía que Cristo dentro de mí abrazaba mi alma con ese brazo con el cual fue clavado en la cruz. Y esto sucedió en ese momento o poco después.


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Y me gozaba en El con una alegría y una seguridad tan grandes que antes no solía experimentar. Para el alma esa comprensión es una delicia que ninguna palabra, hablada o escrita, puede describir.

Libro Al pie de la Cruz o Los Dolores de María: Ivory Falls Books PDF, Epub descargar

Es una delicia sin fin. Y en mí quedó una tal certeza que, aunque todo lo que hemos escrito no fuese verdadero, con todo, no quedaría en mí ni una sombra de duda acerca de Dios y estaría segurísima que este estado viene de Dios. Ahora de ninguna manera puedo sufrir tristeza por la pasión. Así por ejemplo, cuando tomé parte en la representación de la pasión de Cristo que se hizo en la plaza de Santa María y parecía que debiera llorar, entonces yo, al contrario, fui milagrosamente arrobada y colmada de tal alegría que perdí el habla y caí desvanecida después de haber experimentado ese inefable sentimiento de Dios.

Entonces procuré retirarme de la muchedumbre y juzgué una gracia y un milagro el haber podido alejarme un poco. Me parecía que mi alma penetrara profundamente en el costado de Cristo. Y no había tristeza, sino gozo tan grande que no se puede describir. Ya en el pasado, antes de este hecho, a menudo lloramos yo y mi compañera.

Tenía un gran deseo y el deseo era éste: no estar engañada y saber que no lo estaba. Ahora en cambio tengo una certeza tan firme que no admito ninguna duda, ni puedo tenerla. Una vez, después de la relación anterior, a mi vuelta de Lombardía, yo, fraile, sometí a la sierva de Cristo una cuestión, que mi compañero y yo discutimos durante el viaje. Pero la respuesta no era del todo satisfactoria para que pudiera comprender plenamente.

Y mientras intuía de manera absolutamente cierta que Dios hubiera podido salvarnos con otros medios, si lo hubiese querido, el alma fue una vez arrebatada en éxtasis y vio que la verdad que yo buscaba no tenía ni principio ni fin. Después, repentinamente, el alma fue elevada e iluminada y veía la potencia de Dios así como veía su voluntad, en las cuales de manera absolutamente plena y cierta hallaba respuesta a mis planteamientos.

Y enseguida el alma fue sacada de esas pasadas tinieblas. Antes, en esas tinieblas yo estaba tendida por tierra pero durante esa altísima contemplación me puse de pie, sobre la punta de los dedos.

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Entendía plenamente que Dios, si lo hubiera querido, habría podido hacerlo de manera diversa, con todo no llegaba a comprender, una vez conocidas su potencia y su. Dios dejó en mi alma tal paz, tal serenidad y tal estabilidad, que no recuerdo haberlas tenido tan plenamente en el pasado. Y en este estado vivo constantemente. Y todas las experiencias habidas en el pasado me parece que fueron poca cosa en comparación. Y me dejó en el alma el deseo de mortificar los vicios y la estabilidad de las virtudes, por las cuales amo todas las cosas benéficas y maléficas, sin sufrir disgusto.

Aquí no veía ni la potencia ni la voluntad, como las había visto antes; sino que veía una cosa estable, firme, inefable, de la que no sé decir nada sino que era el Todo Bien, y el alma se gozaba con una delicia inenarrable. No veía el amor, sino que veía esa cosa inexpresable. Fui sacada del estado anterior y puesta en este estado sublime e inefable. Pero no sé si en este sublime estado me hallaba de pie, ni sé si estaba en el cuerpo o fuera de él. La cuestión que Dios de manera milagrosa manifestó a la sierva de Dios era casi la misma sobre la cual hemos hablado y discutido mi compañero y yo, retomando de Lombardía.

Yo, fraile, le había dicho que habría sometido la cuestión a la sierva de Cristo, y creo que Dios le concedió esa revelación en el momento preciso en que pensaba interrogarla. El quinto paso.

Una vez, mientras se la leía, me dijo que era mejor destruirla, en lugar de transcribirla de esa manera. Lastimosamente yo, fraile, no tuve tiempo de corregirla con la sierva de Cristo; por eso la traduje al latín, sin ninguna añadidura, trazo por trazo, a la manera de un pintor, porque no la comprendía. Lo que sigue, pues, lo encontré en lengua vulgar.

Así me refirió la sierva de Cristo: Un día estaba meditando acerca de la pobreza del Hijo de Dios encarnado.

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Veía que su pobreza era tan grande, cuanto El mismo revelaba a mi corazón. Él quería que yo la considerara y que viera a los hombres por los cuales Él se había hecho pobre. Entonces sentí un dolor tan grande y tal indignación que mi cuerpo casi sufrió un desmayo. Entonces lo veía pobre de amigos y de parientes, sobre todo lo veía pobre de sí mismo, tan pobre que parecía que Él no se pudiera ayudar. Se suele decir que en ese entonces la potencia de Dios estaba escondida por la humildad.


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Si bien se diga que la potencia de Dios estaba escondida por la humildad, yo digo que no lo estaba. Y Dios mismo me dio un testimonio de que no estaba escondida. Cristo veía a todos los corazones endurecidos por la impiedad levantarse contra El; veía a todos los miembros de los hombres destruir con gran empuje su Nombre, y cómo se acordaban de él sólo para eliminarlo.

Y veía todas las artimañas que maquinaban contra El, que era el Hijo de Dios. Y veía sus proyectos, sus innumerables planes y sus desmedidos furores. Y veía todos los sufrimientos y los ultrajes y las infamias. Mi alma los ve tan grandes que no puedo decir nada. Otra vez me fue mostrado el acerbo dolor que afligió el alma de Cristo.

Por eso comprendo los tremendos motivos por los cuales el alma de Cristo fue desgarrada por tanto dolor. El pecado fue grande, y numerosos eran los hombres que lo cometieron; por eso debió ser grande el dolor. Y tu dolor nació del inmenso amor que tuviste por tus elegidos. Pero ellos no te conocían y su intento era el de destruirte. Ese dolor es la mayor alabanza de la divina bondad y la mayor culpa de la humanidad. Si yo lo pudiera explicar, pienso que muchos lo juzgarían un error. Pues bien, el que no lo comprende, se contente con creer.

Este acerbo dolor, que fue tan excesivo que la lengua no basta para expresarlo ni el corazón para imaginarlo, fue querido por la voluntad de Dios.

El que hizo esta unidad, me ha demostrado una gran misericordia. Poseo a Dios en plenitud.

Al Pie De La Cruz O Los Dolores De Maria (1952)

Hasta aquí el texto escrito en vulgar. Entre otras cosas me refirió que el mismo día ella, arrebatada en éxtasis, estuvo en el sepulcro junto a Cristo. Y dijo que vio tendido el cuerpo de Cristo, con los ojos cerrados, como cuando yació muerto. Ante todo besó su pecho y luego su boca, que exhalaba un perfume de una dulzura admirable e inefable, que ella aspiraba. Después de una breve pausa, colocó su mejilla sobre la mejilla de Cristo y Cristo colocó su mano sobre la otra mejilla, y la estrechó contra sí.

Y la sierva de Cristo escuchó estas palabras: "Antes de yacer en el sepulcro, así te guardé apretada a mí". Y aunque ella comprendiera que era Cristo el que le decía esas palabras, con todo lo veía tendido, inmóvil y con los ojos cerrados, como cuando yació muerto en el sepulcro. El gozo de su alma era supremo, indecible.

Una vez durante la cuaresma, como me lo confió, la sierva de Cristo atravesó una. Y rogaba a Dios que le diera algo de sí mismo, ya que se hallaba tan despojada de todo bien. Entonces se le abrieron los ojos del alma y vio al Amor que se le acercaba dulcemente. La comparación no hay que entenderla de manera material, sino que era la semejanza de una hoz. El Amor no comunicó de sí sino lo suficiente para hacerse comprender y para que ella lo comprendiera, y luego se retiró. Esto le hizo sufrir mayor languidez. Y después, fue enseguida colmada de amor y de hartura inestimable, la cual, aun satisfaciendo, todavía engendraba una grandísima hambre, tan desmedida que todos los miembros en ese momento se desligaban, y el alma languidecía y ansiaba morir.

No deseaba ver ni sentir a ninguna creatura. No hablaba, y tampoco sabía si hubiera podido hablar exteriormente. En cambio, interiormente hablaba, gritando a Dios que no la hiciera languidecer de tal muerte, porque para ella la vida era una muerte. E invocaba a la Virgen, y después invocaba y conjuraba a los apóstoles, para que junto a la Virgen fueran a arrodillarse delante del Altísimo y le suplicaran que no le hiciese padecer esa muerte, que es la vida terrena, sino que la hiciese llegar a Aquél al que ella sentía.

De la misma manera imploraba a gritos a San Francisco y a los evangelistas, y decía muchas otras cosas. Entre ellas destaco: Aquí me llegó la Palabra de Dios. Y yo me sentí inundada de felicidad, de la que no creo pueda carecer en el futuro. Y si cualquiera me dijera lo contrario, no le podría creer. De esa manera me daba cuenta de que no era yo la que amaba, aunque fuese toda amor, sino que mi amor brotaba sólo de Dios.

Y mi deseo era volar hacia ese amor. Entonces no quisiera que nadie me hablara de la pasión ni me nombrara a Dios, porque en ese momento siento al Amor con tal embriaguez que cualquier otra cosa me sería de estorbo, porque resultaría inferior. Y por cualquier acción que viera cumplirse, aunque fuere un pecado mortal, no probaría disgusto, y creería que Dios lo permite en su justicia [18].

Y aunque un perro me despedazara, no me preocuparía, y hasta pienso que no me afligiría ni padecería dolor. Y el alma ve y desea ver ese cuerpo muerto por nosotros y quiere llegar hasta Él; con todo, ya no experimenta dolor por la pasión, sino una altísima felicidad de amor. Y me extrañé como esos dos sentimientos podían estar juntos. Me dijo la sierva de Cristo que ahora raras veces prueba el dolor de la pasión. La meditación de la pasión le traza el camino y le da la enseñanza de cómo debe obrar. Por eso no pensaba en lo que me sucedería.