CÓDEX, EL MUNDO ANTEDILUVIANO, Cuarta Parte

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Somos uno solo y así prosperamos. Yo, [nombre], hago este juramento en [fecha]. De Wikipedia, la enciclopedia libre. Control de autoridades Proyectos Wikimedia Datos: Q Datos: Q Categoría : Vampiro: la mascarada. Espacios de nombres Artículo Discusión. Vistas Leer Editar Ver historial.

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Después de haber señalado la diferencia esencial que existe bajo este punto de vista entre la ciencia de la tier- ra j la ciencia de los cuerpos celestes , es indispensable re- conocer también hasta donde pueden estenderse nuestras investigaciones sobre las propiedades de la materia. Después del solevantamiento de ios continentes, se han producido gran- des hendiduras casi todasparalelas; j hacia la misma época, probablemente, surgieron las cadenas de montañas.

Lagos salados j grandes masas de aguas interiores, durante largo tiempo habitados por las mismas especies animales, vio- lentamente se separaron , ocasionando estos trastornos , de que son prueba suficiente los restos fósiles de conchas j de zoófitos, que se encuentran idénticos en todas partes. Ciertas razas, fuertemente apegadas al suelo que ocupan, pueden ser rechazadas de él jaun destruidas por razas vecinas mas desarrolladas, sin que apenas quede de ellas un recuer- do que recoger en la historia.

Esta unidad de esposicion supone que los fenómenos han sido mirados en su mutua dependencia j en el orden natu- ral de su encadenamiento. Su forma elíptica acusa la fluidez primitiva, ó al menos el reblandecimiento de su masa; asi como su aplanamiento es, para los que saben leer en el libro de la naturaleza, uno de ios datos mas antiguos de la geognosia.

Estas medidas no dan para di- ferentes meridianos la misma curvatura bajo igual latitud; lo cual prueba la exactitud de los instrumentos emplea- dos y la fidelidad de los resultados parciales. Aunque en este cuadro general de la naturaleza no debiera tratar de métodos, me ha pare- cido conveniente, sin embargo, hacer una escepcion en fa- — — vor de los que acabo de citar, porque son muy propios para hacer resaltar la estrecha conexión de la forma j de las fuerzas con los fenómenos generales.

Desgraciada- mente estas bellas propiedades se convierten en graves inconvenientes, cuando se trata de aplicar el método de las oscilaciones del péndulo al estudio de la forma de la Tierra. Las cadenas de montañas v la variable densidad de las capas terrestres influven también, aunque no de una ma- nera tan perjudicial, en la parte astronómica de las medidas de arcos de meridiano. El tercero es la balanza de torsión, que puede considerarse también como un péndulo oscilante en el sentido horizontal.

Las inves- — — tigaciones recientes de Reich, hechas con la balanza de tor- sión , han fijado la densidad media de toda la Tierra en 5,44, tomando por mitad la del agua pura. Muchos físicos célebres, colocados en puntos de vista di- ferentes , han deducido de este resultado conclusiones dia- metralmente opuestas acerca del interior de nuestro globo. El calórico se propaga en el globo terrestre de tres ma- neras diferentes. En la época de las mas antiguas revoluciones de la Tierra, esta pérdida del calor central ha debido ser.

La superficie de la Tierra se encuentra por lo tanto colocada entre la incandescencia de las capas interiores, j la baja temperatura de los espacios celestes, que probablemente es inferior al punto de congelación del mercurio. Las variaciones periódicas que la situación del Sol j los fenómenos meteorológicos producen en la temperatura de la superficie , no se propagan al interior de la Tierra sino hasta muj cortas profundidades.

Puede considerarse esta temperatura media de la atmósfera en un punto dado de la superficie, ó mejor dicho, en un grupo de puntos cercanos, como el elemento fundamental que deter- mina en cada región la naturaleza del clima j de la vege- tación. Pero la temperatura media de toda la superficie es muj diferente de la del mismo globo terrestre.

La naturaleza j la novedad del medio restrigen asi considerablemente el campo de nuestras inves- tigaciones acerca de las temperaturas atmosféricas. No su- cede lo mismo cuando se trata del calor central de la Tierra. El descubrimiento de esta relación entre la duración del diay elcalor del glolo, es ciertamente una de las mas brillantes aplicaciones que han podido hacerse de un largo conocimiento de los movi- mientos celestes , al estudio del estado térmico de nuestro planeta. Las consideraciones precedentes acerca del calórico in- terno de nuestro planeta descansan casi esclusivamente en los resultados de las magnificas investigaciones de Fourier.

Por la aguja imantada puede saberse la hora que es del día, lo mismo que bajo los trópicos por las osci- laciones del barómetro. El primero de estos dos físi- cos ilustres, ba demostrado que el agua, el hielo, 47 el vidrio, el carbón j el mercurio, ejercen alguna influencia en las oscilaciones de la aguja imantada ; y apenas haj sus- tancia que no presente cierto grado de imantación cuando sirve de conductor, es decir, cuando por ella atraviesa una corriente de electricidad.

Parece que los pueblos occidentales conocieron desde muj antiguo la fuerza de atracción de los imanes natura- les; j es por lo mismo hecho bien notable, que solo los pueblos de la estremidad oriental del Asia , los Chinos, conociesen la acción reguladora que el globo terrestre ejer- ce sobre la aguja imantada. Sin embargo, haj en la superficie del globo, ciertos puntos 50 tales como la parte occidental de las Antillas y el Spitzberg, donde la declinación de la aguja imantada, no varía, ó si varía , es en cantidades apenas sensibles en el curso de todo un siglo.

Dos es- celentes observadores, Hansteen y Adolfo Erman , han se- ñalado el admirable fenómeno que presentan las líneas de igual declinación en las vastas regiones del Asia septen- trional : cóncavas hacia el polo entre Obdorff del Obi y Turuchansk , son convexas entre el lago Baikal j el mar Ochotsk.

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En estas regiones del norte del Asia oriental, en- tre la cadena de Werchojansk, Jakoutsk j la Corea sep- tentrional , las líneas isogónicas forman un sistema particu- lar muj notable, cuja forma ovalada 52 se reproduce en escala mas estensa en el mar del Sud, casi bajo el meri- diano de Pitcairn y del archipiélago de las Marquesas, entre los 20" de latitud boreal y 45" de latitud austral. Ahora bien; como desde las ocho j media de la mañana hasta la una V media de la tarde, por término medio, la estremidad boreal de la aguja se dirige del Este al Oeste en el hemis- ferio septentrional v del Oeste al Este en el hemisferio aus- tral , se ha supuesto con razón 53 que debe haber en la Tierra una región situada probablemente entre el Ecuador terrestre j el Ecuador magnético, en la cual la variación horaria de la declinación sea nula completamente.

La posición de esta línea v sus cambios seculares de forma han sido en nuestros dias objeto de serias investigaciones. Al Oeste de este punto, el Ecuador magné- tico atraviesa casi todo el mar del Sud en el hemisferio austral j se aproxima lentamente al Ecuador terrestre.

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Los brillantes descubrimientos de Oersted , Arago j Faradaj demuestran que existe una relación íntima entre la tensión eléctrica de la atmósfera j la tensión magnética del globo terrestre. Con gran sorpresa mia, be recono- cido que los salvajes de las orillas del Orinoco, una de las ra- zas mas degradadas del orbe, saben producirla electricidad por medio del ludimiento ; los niños de esas tribus salvajes se entretenian en frotar los granos aplanados, secos j bri- llantes de una planta trepadora silicuosa probablemente la negritia , hasta que conseguian atraer 'con ellos hebras de algodón ó briznas de cañas.

En ciertas épocas del año duran las observaciones veinticuatro horas consecutivas, con interva- los de dos minutos y medio. Hace mas de años. Halle j sospechaba que las auroras l oreales podrían ser mu j bien simples fenómenos magnéti- cos 69 : hov esta vaga sospecha ha adquirido el valor de la certidumbre esperimental, después que el brillante des- cubrimiento de Parada j nos ha hecho ver que la luz puede producirse por la sola acción de las fuerzas magné- ticas.


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Cuando esta perturbación alcanza su mas enérgico grado de desarrollo, el equilibrio roto se restablece por me- dio de una descarga acompañada de luz. Para reunir en un solo cuadro todos los rasgos caracte- rísticos de este fenómeno, conviene ante todo describir el nacimiento, j después las diversas fases de una aurora bo- real completamente desarrollada. Bajo las mas altas latitudes, en las regiones inmediatas al polo magné- tico, el segmento inferior aparece menos oscuro, j el me- dio del arco brillante se aleja mas del meridiano magnético que en otra región cualquiera.

Cuanto mas intensa es la emisión de la luz polar, mas vivos son sus colores, que pasan del violado j el blanco azulado al verde j rojo purpurino, por todas las tintas intermedias. Lo mismo sucede con las chispas eléctricas, que no se coloran sino cuando la tensión es fuerte y la esplosion violenta.

Es tal en. En efecto, parece que el movimiento acre- cienta la visibilidad del fenómeno. Ne- — — cesarlo es colocar estas apariciones eutre los fenómenos di- versos que acabo de citar Como quiera que sea, el aspecto del fenómeno depende siempre de la posición del observador, y cada cual ve su aurora boreal , asi como cada cual ve también dife- rente su arco iris. No parece sino que las auroras boreales se han vuelto silenciosas desde que se las observa con mas cuidado.

Nuevas investigaciones practicadas con el auxilio de electroscopios sumamente finos , no han dado hasta el pre- sente, contra toda esperanza, mas que resultados negati- vos , pues el estado eléctrico de la atmósfera ha perma- necido invariable aun en las mas brillantes auroras bo- reales. Tales son las fuentes numerosas de la luz terrestre. En semejante encadenamiento de los fenómenos, el filósofo puede remontarse de término en término de la serie, hasta la época en que la materia aglo- merada en esfera, pasó del estado fluido al estado líquido ó sólido, época en que se desenvolvió también el calor central — — de la Tierra independientemente de la acción calorífica de los rajos solares.

Los medios que se han imaginado para estudiar las on- das de conmoción el péndulo y la cubeta sismométrica , indican con bastante exactitud su dirección j su intensidad total, pero no su alternancia ó su intumescencia periódica. Los indígenas que han conocido millares de temblores de tier- ra, creen que esta diferencia depende menos de la duración larga ó corta de las sacudidas v de la lentitud ó rapidez de la oscilación horizontal 83 , que de la regularidad de los movimientos que se producen en sentidos contrarios.

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Las sacudidas circulares ó giratorias son las mas raras, pero también las mas peligrosas. Adolfo Erman ha hecho igual observación en la zona templada con ocasión del terremoto sentido en Irkutsk cerca del lago Baikal el 8 de marzo de Asi es que el estado eléctrico de la -atmósfera ha esperimentado notables variaciones durante las sacudidas que han agitado por largo tiempo el suelo de los valles de Pelis y de Cluson, en el Piamonte.

Estudiando aten- tamente las diversas fases del temblor de tierra de Riobam- ba 4 de febrero de , acontecimiento de los mas terribles que ha mencionado la física de nuestro globo, me convencí plenamente de que la gran sacudida no fué acom- pañada del mas leve rumor.

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En la cadena de los Andes de la América del Sur, su- cede con frecuencia que duran sin interrupción los temblo- res de tierra muchos dias. Basta considerar la frecuencia j uni- versalidad de este fenómeno, provocado indudablemente por la elevación de temperatura , j el estado de fusión de las capas inferiores , para comprender que es independiente de la naturaleza del suelo en que se manifiesta. Aun en los terrenos de aluvión tan movibles de Holanda, hacia Mi- delburgo j Flesinga , ha habido temblores de tierra. Lo mismo se producen en el granito que en el micaschisto, en la caliza como en la piedra arenisca, en la traquita como en la amigdaloide.

De esta manera las vemos atravesar al mismo tiempo la cordillera del lito- ral de Venezuela j la Sierra de Parime. También sucede que los círculos de conmoción ganan terreno , para lo cual basta un solo tem- blor de tierra mas violento que los otros. Lo ignoramos; así como la naturaleza química de estos vapores tan vio- lentamente comprimidos. Temblores de tierra que se hacian sentir en toda la Siria , en las Ciclades y en Eubea, cesaron de repente en el momento mismo en que un torrente de materias ígneas brotaba en las llanuras de Chaléis Lo que nos embarga es que perdemos de una vez la confianza innata en la estabilidad del suelo.

Es una potencia des- conocida que se revela de repente; vése que la calma de la naturaleza era una ilusión, j nos sentimos arrojados violen- tamente en un caos de fuerzas destructoras.

Entonces, cada ruido, cada golpe de aire llama la atención, j desconfiamos, sobre todo, del suelo sobre el cual se anda. Los animales, principalmente los cerdos j los perros, esperimentan esta angustia; los cocodrilos del Orinoco, tan mudos de ordinario como nuestros pequeños lagartos, abandonan el lecho mo- vido del rio j corren bramando hacia el bosque. El tem- blor de tierra se presenta al hombre como un peligro inde- finible pero siempre amenazador. Felizmente los resortes de nuestra alma no pueden estar tirantes largo tiempo, j aque- llos que habitan un país en donde las sacudidas son poco sensibles j se suceden con cortos intervalos, acaban por es- perimentar apenas un débil sentimiento de temor.

El calor medio de las fuen- tes es inferior al de la atmósfera cuando sus aguas descien- den de las alturas; j ja hemos indicado la lej numérica de esta progresión con que aumenta el calor cuanto mas profundas son las capas que las aguas atraviesan. La tempera- tura de las fuentes , de la cual se han ocupado los físicos desde hace medio siglo, depende, como el límite de las nie- ves perpetuas, de causas mu j complejas j numerosas, j se halla en relación con la temperatura de la capa terrestre de donde surge el manantial, con el calor específico del suelo, j finalmente , con la cantidad j temperatura de las aguas pluviales 2 ; temperatura que difiere esencialmente de la que tienen las capas inferiores de la atmósfera 3.

Para que los manantiales frios puedan darnos fielmente — -. Si el calor interno de la Tierra es la causa general que produce los manantiales calientes, las rocas que estos atraviesan no pueden modificar su temperatura sino en virtud de su permeabilidad ó de su capacidad para el calórico. Es cierto que los manantiales de la Grecia corren en la actualidad por los mismos lugares donde corrían en los tiempos helénicos.