Divórciate de mí (Volumen Independiente nº 1)

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Apenas abandonó el despacho del jefe superior de policía y regresó a su oficina, el comandante Adam Dalgliesh telefoneó al inspector jefe John Massingham. El auricular fue descolgado con la primera llamada y la disciplinada impaciencia de Massingham llegó a través de la línea con tanto vigor como su voz.

Dalgliesh dijo:. Y Paul Berowne puede ser todavía, técnicamente, el diputado por el Nordeste de Hardfordshire.

Sin embargo, todo esto es puramente técnico. Hemos de asumir el caso. Pero Massingham no estaba interesado en los detalles del procedimiento para el abandono de un escaño parlamentario, y preguntó:. No olvide al vagabundo. Sí, es Berowne. No era la primera vez que Berowne pasaba la noche en la sacristía de la iglesia de Saint Matthew. Una vez empezaran a trabajar juntos, ambos la llamarían Kate, pero ahora Dalgliesh le otorgó su debido rango. Massingham contestó:. Pasó por su mente que tal vez a Massingham no le habría desagradado que Kate Miskin hubiese abandonado ya su casa y hubiese sido imposible entrar en contacto con ella.

La nueva brigada había sido organizada en el Cl para investigar delitos graves que, por razones políticas o de otra índole, necesitaran ser manejados con gran sensibilidad. Había seleccionado a Kate Miskin, de veintisiete años de edad, por su hoja de servicios y su actitud durante la entrevista, convencido de que poseía las cualidades que él estaba buscando.

Quedaba por ver qué otras cosas pudiera aportar con su contribución. Él sabía que ella y Massingham habían trabajado juntos, antes de ser nombrado el inspector detective de división y ella sargento. Se rumoreaba que su relación había sido a veces tempestuosa, pero Massingham había aprendido a disciplinar algunos de sus prejuicios desde entonces, ya que no en vano tenía el célebre temperamento Massingham.

Le había dicho a Massingham cuatro minutos y estaría allí puntualmente. Por primera vez en su carrera, la víctima era alguien a quien él había conocido y apreciado. Sabía ya que la diferencia estaba presente. Su reacción ante la noticia había sido en parte previsible y en parte compleja y perturbadora. Se había producido ese impulso inicial de incredulidad tan lógico cuando uno se entera de la muerte inesperada de cualquier persona conocida, aunque sea casualmente.

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Habría experimentado lo mismo si le hubieran dicho que Berowne había muerto a causa de un infarto o de un accidente de coche. Sin embargo, había tenido la fuerza suficiente para decir:. Berowne había muerto. Su tarea consistía en averiguar cómo y por qué. Su compromiso residía en su trabajo con los vivos, no con los muertos. Apenas había cruzado las puertas giratorias cuando Massingham llegó por la rampa con el Rover.

Al acomodarse a su lado, Dalgliesh preguntó:. Él ha estado en Nueva Inglaterra, visitando a su hija. Siempre va allí en otoño. Se le esperaba en Heathrow; en el vuelo BA , que llega a las siete y veinticinco. Algo que había en su voz, una nota de diversión, incluso de desprecio, irritó a Dalgliesh. Era el jueves cinco de septiembre y él se disponía a salir de su despacho y dirigirse a la Escuela de Policía de Bramshill, para iniciar una serie de conferencias ante los mandos superiores, cuando le llegó la llamada desde aquella oficina privada.

El secretario particular de Berowne hablaba como suelen hacerlo los de su categoría. Sir Paul agradecería que el comandante Dalgliesh pudiera dedicarle unos minutos. Sería conveniente que viniera en seguida. Se le ocurrió pensar que había llegado a la edad en que un hombre espera sus placeres con menos avidez que en la juventud, pero se siente desproporcionadamente enojado cuando sus planes sufren un trastorno. Se habían producido los usuales preliminares largos, fatigosos y ligeramente agrios para la creación de la nueva brigada en el CI, y su mente estaba pensando ya con alivio en la solitaria contemplación de unas efigies de alabastro, unos cristales del siglo XVI y las impresionantes decoraciones de Winchfleld.

Sin embargo, parecía como si Paul Berowne no quisiera dedicar largo tiempo a su entrevista. Todavía podían resultar posibles sus planes.

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Salió de su despacho, se puso su abrigo de mezclilla, en previsión de una mañana otoñal incierta, y, cruzando Saint James's Station, se dirigió al Ministerio. Reconocía que debía de ser exasperante e inconveniente para los que trabajaban en él, pero, al fin y al cabo, lo habían construido en una época en que las habitaciones las calentaban estufas de carbón alimentadas por todo un ejército de sirvientes, y en que un par de docenas de notas cuidadosamente escritas a mano por los legendarios excéntricos del Ministerio bastaban para controlar unos acontecimientos que ahora requerían tres divisiones y dos subsecretarios.

Sin duda, el nuevo edificio era excelente en su clase, pero si la intención había sido la de expresar una autoridad firme pero atemperada por cierta humanidad, no estaba muy seguro de que el arquitecto lo hubiera conseguido. Pero al menos habían quitado la fotografía de estudio de una princesa real que, hasta fechas recientes, adornaba el vestíbulo de entrada. Fue reconocido con una sonrisa por el conserje de la recepción, pero a pesar de ello sus credenciales fueron cuidadosamente examinadas y se le pidió que esperase al ordenanza que había de escoltarlo, aunque él había asistido a suficientes reuniones en aquel edificio como para estar razonablemente familiarizado con aquellos particulares pasillos del poder.

Quedaban ya muy pocos de los antiguos ordenanzas, y durante años el Ministerio había reclutado mujeres. Éstas acompañaban a los visitantes con una competencia jovial y maternal, como si quisieran tranquilizarles en el sentido de que el lugar, si bien podía parecerse a una prisión, era tan acogedor como una clínica, y que los que iban allí lo hacían por su propio bien. Finalmente, le introdujeron en la oficina exterior.

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La escena hubiera sido muy distinta unas semanas antes. Pensó, y no por primera vez, que un sistema que requería ministros que dirigieran sus ministerios, cumplieran con sus responsabilidades parlamentarias y emplearan el fin de semana para escuchar las quejas de sus electores, bien podía haber sido planeado para asegurar que las decisiones principales las tomaran hombres y mujeres cansados hasta el punto del abatimiento. Sin duda, ello aseguraba que dependieran todos, intensamente, de sus funcionarios permanentes. Sin embargo, Dalgliesh no había necesitado recurrir a su fuente privada de rumores ministeriales para saber que Paul Berowne no presentaba trazas de esta lacia servidumbre.

Berowne abandonó su mesa y tendió la mano como si aquél fuese su primer encuentro. Tenía una cara severa, incluso algo melancólica, en estado de reposo, pero se transfiguraba cuando sonreía. Ahora sonrió al decir:. Me alegra que hayamos podido localizarlo.


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No se trata de algo particularmente importante, pero creo que puede llegar a serlo. Dalgliesh nunca podía mirarle sin recordar el retrato de su antepasado, sir Hugo Berowne, en la National Portrait Gallery. Sir Hugo no se distinguió especialmente, excepto por una obediencia apasionada, aunque infructuosa, a su rey.


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La semejanza del actual baronet con él era casi sobrenatural. Dalgliesh observó que la superficie de su mesa de trabajo estaba casi despejada. Era éste un artificio necesario para todo hombre que, abrumado por el trabajo, deseara mantener su cordura. Ello permitía atender un asunto en un momento determinado, concederle plena atención, dilucidarlo y después apartarlo. Se la entregó a Dalgliesh, y éste leyó:. Sin embargo, tal vez las mujeres debieran prestar atención, puesto que la proximidad de ese elegante baronet puede ser fatal. Su primera esposa murió en un accidente de automóvil; conducía él.

Theresa Nolan, que cuidaba a su madre y dormía en su casa, se suicidó después de someterse a un aborto. Una vez es una tragedia privada, dos veces es mala suerte, tres veces empieza ya a parecer descuido.

Divórciate de mí

Y el papel procede de un bloque de tipo comercial corriente, de los que se venden a millares. Poca ayuda podemos encontrar en ello. Constituyen parte de nuestro trabajo. Dalgliesh pensó que quien hubiera redactado aquel mensaje era una persona con cierta educación. La puntuación era cuidadosa y la prosa tenía cierto ritmo. Aquella persona, cualquiera que fuese su sexo, se había preocupado por la ordenación de los hechos, y por obtener la mayor cantidad posible de información relevante.

Es una fotocopia. Aparece en la edición de hoy.