El Espíritu del Bosque: Poderes de los árboles en nuestra vida - Neochamanismo ecológico

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La disciplina es inexistente, te permiten hacer ese tipo de cosas.

Un día montamos un gran ballet en un cementerio: fue un acto fuerte, la danza de los vivos entre los muertos Luego, una vez seleccionado el lugar, yo recurría a un grupo de personas deseosas de expresarse. Ahí se reunían todas las condiciones para el advenimiento de lo efímero Lo efímero, tal como usted lo practicaba, tenía, si no me equivoco, algo de grandioso: tenía todos los ingredientes de una fiesta suntuosa. Siempre encontré el dinero.

Ahora bien, cuando uno hace una fiesta, no cobra a sus invitados por las bebidas o los alimentos que consumen. Tal vez nunca seré lo que se llama una persona rica, pero dispondré siempre de los medios financieros que requiera cada momento. Cuando había dinero en mis arcas, lo invertía en un happening. Esta manera de abordar el happening tenía ya, por lo tanto, un valor terapéutico. Era también una manera de continuar en la línea de los actos poéticos de los que hemos hablado. Me di cuenta de que muchas personas llevan dentro un acto que las condiciones ordinarias no les permiten realizar.

Habiendo conseguido el patio central de la escuela San Carlos, propuse a mis amigos que imaginaran el acto que les gustaría realizar, y yo les procuraría los medios para llevarlo a cabo. Qué muestra de buen gusto Realmente exquisito. Una joven muchacha quiso bailar desnuda al son de un ritmo africano mientras un hombre barbudo le cubría el cuerpo de espuma de afeitar.

Un estudiante de arquitectura utilizó un maniquí de escaparate y lo golpeó violentamente con un hacha en el vientre y el sexo. Una vez destruido el maniquí, sacó de su interior varias ristras de chorizo y cientos de bolas de cristal. A medida que recitaba sus fórmulas algebraicas, se partía un huevo tras otro en la frente. Otro llegó con una tinaja de hierro blanco y varios litros de leche.

Luego se sentó sobre una silla de niño y se hizo rapar completamente la cabeza por un peluquero. Frente a ella había un coche lleno de cabezas de muñecas de todos los tamaños, sin ojos ni pelo. Un muchacho vestido con esmoquin empujó hacia el centro del escenario una tina de baño cubierta con una toalla.

Por el peso, podía adivinarse que estaba llena de líquido.


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Salió del escenario y regresó llevando en sus brazos a una mujer joven vestida de novia. Sin soltarla, retiró la toalla: la tina estaba llena de sangre. Se puso inmediatamente a frotarla con una víbora viva mientras ella cantaba un aria de ópera. Una mujer sumamente atractiva, con aires de vampiresa hollywoodiense, con un vestido largo dorado que le moldeaba el cuerpo, apareció sobre el escenario con un par de tijeras grandes en la mano.

Son ejemplos suficientes. Algunos verían en estas descripciones barrocas una colección de fantasmas Asimismo, siempre procuré mantenerme alejado de las historias de drogas.


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Pero, insisto, la censura sólo se ejercía en esos dos dominios: un chiflado se empeñó un día en comerse sobre el escenario una paloma viva. Fuera del sexo, todo estaba permitido. Habla usted de un límite impuesto desde el exterior por la ley del país. Todo eso finalmente se traducía en una forma solapada de pornografía. Ahora bien, la pornografía no es constructiva sino destructiva: bajo la apariencia de libertad, lo que en realidad nos propone es una nueva forma de esclavitud. Volvamos a la historia del pimiento y de la mariposa Pronto descubrí que se me acercaban personas para las cuales la pornografía o el vandalismo constituían actos.

No los alenté a seguir porque la experiencia adquirida durante los actos poéticos me había enseñado a dirigir sólo cosas positivas. El acto en sí mismo implica conectarse con lo oscuro y violento, inconfesable y reprimido que uno lleva dentro. Lo importante es que esas energías destructivas, que de todas maneras cuando permanecen estancadas nos carcomen por dentro, puedan ventilarse en una expresión canalizada y transformadora.

La alquimia del acto logrado transmuta las tinieblas en luz. Ya no. No estoy a salvo de todo riesgo, porque el peligro es parte de la vida. Mejor quedarse en casa mirando la televisión Hay que resituar esas experiencias en su contexto.

Dicho esto, admito haber cometido en ese momento algunos fallos. No me imaginé que ese hombre pudiese realizar algo semejante, nunca me declaró que ésa era su intención. Cuando lo vi llegar con ese animal vivo, me impactó fuertemente y me sentí sobrepasado Reconozco mi locura de esa época. Pero uno se vuelve sabio sólo en la medida en que atraviesa su propia locura. Hubo instantes extremos, pero creo haber estado siempre. Pero en el instante en que iba a pasar al acto, una especie de sexto sentido me advirtió sobre el peligro.

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En aquel entonces yo era joven y bastante apuesto. Tenía, por tanto, algunas admiradoras. Cuatro de ellas quisieron poner en escena una extraña prestación: en México se acostumbra beber tequila acompañado de una especie de jugo de tomate picante llamado sangrita. Por ello, siempre hay dos botellas, una de tequila y otra de sangrita.

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Las señoritas subieron al escenario a ofrecerme una botella de tequila, pidiéndome que bebiera de ella. Una vez que lo hube hecho, vino un médico y le extrajo un poco de sangre a cada una. Supuso para mí un verdadero impacto. Estas mujeres me pusieron contra el muro, y tuve que abandonar los discursos y la estética pura. Fue una enseñanza. Admito que todos esos actos no eran siempre realizados a conciencia y que se trataba de un período experimental, pero es introduciéndose en la jaula como se doma el tigre. La polémica fue considerable.

Recibía muchas cartas en las que el ditirambo se codeaba con el insulto, incluso la amenaza. El mundo del teatro mexicano se vio revolucionado. De México me vine a París, donde tuvo lugar ese extraordinario happening del Centro Americano. Tal vez podría hablarnos de ello, en la medida en que fue para usted una especie de apoteosis, un acto convulsivo y purificador.

Yo había adquirido cierta experiencia y ya no me movía a tientas: los riesgos eran asumidos con pleno conocimiento de causa. Al montar este. Quería exponerme, poner en juego la vida, la muerte, la locura, la sabiduría, realizar una especie de sacrificio ritual.

Topor me pasó cuatro dibujos que yo puse en escena con la compañía de ballet de Graciela Martínez, con trajes de tela blanca sobre los cuales el artista en persona dibujó, y personajes recortados en madera. Para esta escena, yo había llenado el escenario de miles de pollitos que piaban produciendo un ruido infernal. La princesa masturbaba un cuerno del toro hasta que salía un chorro de leche condensada. Voy a leerte ese documento, publicado en San Francisco en La finalidad del teatro: provocar accidentes.

El teatro, por su parte, no debería durar ni siquiera un solo día de la vida de un hombre.

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Apenas nacido, debería morir enseguida. Si la finalidad de las otras artes es crear obras, la finalidad del teatro es directamente cambiar a los hombres: si el teatro no es una ciencia de la vida, no puede ser un arte. En otras palabras, un escenario desprovisto de todas sus futilidades: muros desnudos. Un mesón de carnicería, una pequeña hacha.

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Un frasco con aceite hirviendo sobre una cocinilla eléctrica. Antes de levantar el telón, se quema gran cantidad de incienso. Todas las mujeres tienen los senos desnudos. Junto a ella, otra, pintada de rosado. Ambas tienen los pies inmersos en una pequeña tinaja de plata. Una mujer, con un vestido largo plateado y el cabello peinado en forma de media luna, se apoya sobre dos muletas.

Lleva consigo un gran par de tijeras de plata. Grupo de rock'n'roll: seis muchachos con el pelo a la altura de los hombros. La calma antes de la tempestad. Sobre mi cabeza, un casco de moto, blanco, como un gran huevo. Dos ocas blancas. Les corto la garganta. Las plumas vuelan. La sangre salpica sobre las dos mujeres blancas. Bailo con ellas. Ruido de muerte.