En camino a Hollywood (Viaje hacia el amor, volumen 3)

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Contents

  1. En camino a Hollywood (Viaje hacia el amor, volumen 3)
  2. Find a copy in the library
  3. Aldous Huxley - Wikipedia, la enciclopedia libre
  4. Menú de navegación
  5. Navigation

Tenía un instinto natural para el juego; en cuanto pisó el cemento agrietado de la pista con el balón entre las manos, los movimientos idóneos parecieron hervir en sus terminaciones nerviosas. Lo que sí representaba gran cosa era esto; Eddie era mejor que Henry. Si no lo hubiera averiguado por los resultados de los partidos de entrenamiento en que a veces participaban, lo habría sabido por las miradas asesinas de Henry y por los duros golpes que Henry solía darle en el antebrazo mientras regresaban a casa.

Que él era mejor en estas cosas, o que podría serlo, constituía un secreto que debía ser protegido a toda costa. Porque Eddie era el hermano menor.

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Porque Henry lo vigilaba. Había visto una protuberancia curiosa que sobresalía de un tocón. Le invadió una sensación extraña -supuso que era lo que la gente llamaba déjà vu- y se quedó mirando fijamente la protuberancia de la madera, que parecía el tirador deformado de una puerta. Era remotamente consciente de que se le había secado la boca. Al cabo de varios segundos se dio cuenta de que estaba mirando la protuberancia que brotaba del tocón, pero pensando en el patio trasero del edificio donde Henry y él habían vivido, pensando en el contacto del cemento caliente bajo su culo y los abrumadores olores de la basura del contenedor aparcado en el callejón, a la vuelta de la esquina.

En este recuerdo él tenía un trozo de madera en la mano izquierda, y en la derecha un cuchillo de mondar sacado del cajón junto al fregadero. El trozo de madera que sobresalía del tocón había conjurado la memoria de aquel breve período durante el que estuvo perdidamente enamorado de la talla. El recuerdo estaba tan profundamente enterrado que al principio no había sabido qué era. A veces veía un coche o un camión. A veces, un perro o un gato. Recordó que una vez había sido la cara de un ídolo, uno de aquellos inquietantes monolitos de la isla de Pascua que había visto en un ejemplar de National Geographic, en la escuela.

Ése había resultado bueno. El juego consistía en averiguar qué parte de la cosa se podía sacar de la madera sin romperla. Nunca se podía sacar toda, pero si se iba con muchísimo cuidado, a veces se podía sacar bastante. En el bulto del tocón había algo. Que lo liberase. Sintió alivio, y una alegría desbordante. Era libre. Eddie tomó prestado el cuchillo de Rolando. No miraba la madera; miraba en su interior.


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  • Entre el deber y el amor: Vidas secretas (6) (Deseo).
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Susannah ya había terminado con el conejo. Rolando, junto a la hoguera, desmenuzaba sobre la olla unas hierbas arcanas y sin duda deliciosas. Se me ha ocurrido que podía Ella lo contempló intrigada. Por un instante pareció a punto de decir algo, pero al final se encogió de hombros y lo dejó estar. No tenía ni idea de por qué a Eddie parecía avergonzarle el hecho de entretenerse un rato tallando -el padre de Susannah lo hacía a todas horas-, pero supuso que si se trataba de algo que tenía que hablarse, Eddie ya lo traería a colación en su momento.

Al parecer, costaba eliminar las viejas costumbres. Superar la heroína era un juego de niños en comparación con superar la propia infancia. Cuando los otros dos salían a cazar, a disparar o a seguir la peculiar forma de escuela de Rolando, Eddie se sentía capaz de dedicarse a su pedazo de madera con sorprendente habilidad y creciente placer. La forma estaba allí adentro, desde luego; en eso no se había equivocado.

Era sencilla, y el cuchillo de Rolando la liberaba con una facilidad pasmosa. Algo suyo. Y esta idea le complacía muchísimo. Cuando las primeras cornejas se elevaron hacia el cielo, graznando despavoridas, no las oyó. Había reprimido estos impulsos durante la mayor parte de su vida, y ahora éste se había posesionado de él por completo. Eddie era un prisionero de buena gana. Eddie alzó la vista, sonriente, y se apartó el flequillo de la frente con una mano cubierta de serrín.

En camino a Hollywood (Viaje hacia el amor, volumen 3)

En aquel momento, sentado al pie de un alto pino en el claro que se había convertido en su hogar, con el rostro salpicado de rayos entrecruzados de la verdosa y dorada luz del bosque, ofrecía un hermoso aspecto: un joven con una rebelde cabellera oscura que constantemente intentaba derramarse sobre su despejada frente, un joven con una boca enérgica y expresiva y ojos color avellana. Esta pregunta le condujo a otras dos. Susannah le había prometido plantear la cuestión Eddie no creía que Rolando se lo dijera -al menos al principio-, pero ya era hora de hacerle saber que ellos se daban cuenta de que algo andaba mal.

Volvió a concentrarse en la talla, con una sonrisita aleteando en los labios. Los dos habían empezado a apropiarse de las frasecitas de Rolando Era casi como si fueran mitades de un mismo Se volvió hacia el ruido, al otro lado del claro, con el corazón palpitante y todos los sentidos alertas. Algo se acercaba. Podía oír con claridad cómo aplastaba los arbustos en su descuidado avance por entre la vegetación, y le maravilló amargamente no haberse dado cuenta antes.

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En el fondo de su mente, una vocecita le dijo que se lo tenía merecido. Se lo tenía merecido por hacer algo mejor que Henry, por poner nervioso a Henry. Eddie miró hacia un pasillo irregular entre los grandes abetos, y vio elevarse una nube de serrín en el aire inmóvil. El causante de aquella nube soltó un bramido, un sonido feroz que helaba las entrañas. Fuera lo que fuese, era un enorme hijo de puta. El arma dio dos vueltas en el aire y se clavó hasta la mitad de la hoja, que quedó vibrando.

Eddie se apoderó de la pistola de Rolando, allí colgada, y la amartilló.

Pero inmediatamente descubrió que no podía permitirse el lujo de elegir. Avanzaba directamente hacia él, y cuando sus ojos se fijaron en Eddie Dean lanzó otro de sus gritos. La cosa reanudó un avance hacia el claro donde él se encontraba, un oso del tamaño de King Kong. Sus pisadas hacían temblar la tierra.

Aldous Huxley - Wikipedia, la enciclopedia libre

Podía echar a correr, pero tenía la impresión de que aquella bestia podía ser bastante veloz si se lo proponía. Calculó que las probabilidades de terminar hecho papilla entre las zarpas del gran oso debían de ser de un cincuenta por ciento. Se le ocurrió una tercera alternativa: podía trepar.

La primera rama se extendía paralela al suelo como un abanico verde plumoso, a unos dos metros y medio de altura. Eddie desamartilló el revólver y se lo embutió bajo la cintura de los pantalones. Saltó hacia la rama, se aferró a ella y empezó a escalar frenéticamente. A sus espaldas, el oso emitió otro bramido mientras entraba en el claro. Pateó los restos cenicientos de la hoguera alzando una nube negra y seguidamente se quedó casi doblado, con las enormes zarpas delanteras sobre los enormes muslos, de tal manera que por unos instantes pareció un viejo enfundado en un abrigo de pieles, un viejo acatarrado.

Entre sus patas fluyó un chorro de orina caliente que hizo sisear las brasas desperdigadas de la hoguera.

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Se encaramó por el tronco como un mono, deteniéndose una sola vez para comprobar que el revólver del pistolero siguiera firmemente sujeto bajo la cintura de los pantalones. Alzó una pata hacia lo alto y descargó un zarpazo para hacer caer a Eddie como si fuera una piña. La zarpa destrozó la rama sobre la que se sostenía justo en el momento en que él saltaba hacia la siguiente. Puedes quedarte con los dos si te parece, Hermano Oso. A fin de cuentas, ya estaban muy gastados.

Eddie siguió trepando. Las ramas empezaban a menguar, y cuando se arriesgó a echar una ojeada hacia abajo se encontró mirando directamente los turbios ojos del oso. Eddie quedó inmediatamente empapado de un moco caliente lleno de gusanitos blancos. Los gusanos se retorcían frenéticamente sobre la camisa, los antebrazos, el cuello y la cara. Eddie gritó con una mezcla de sorpresa y repugnancia.

Se agarró bien y se restregó la piel, eliminando como pudo aquella flema agusanada. Los gusanos se morían, advirtió; debían de haber empezado a morir en cuanto abandonaron los pantanos infectos del interior del cuerpo del monstruo. Eso hizo que se sintiera un poco mejor, y empezó a trepar de nuevo. En otras circunstancias, habría sido un panorama maravilloso. Bajó otra vez la mirada hacia el rostro del oso, y por un instante todo pensamiento lógico fue expulsado de su mente por el aturdimiento.

El aparato giraba a sacudidas, proyectando reflejos de sol, y desde lo alto podía oírlo chirriar en tono agudo. El oso lanzó un gruñido largo y ronroneante. Entre sus mandíbulas rezumaban cuajarones de espuma amarillenta cargada de gusanos. Se enjugó el sudor de la frente con una mano pegajosa de resina y la sacudió hacia el rostro del oso.

Eddie se agarró al tronco y, con los ojos reducidos a hoscas ranuras, trató de mantenerse sujeto mientras el pino oscilaba de un lado a otro como un péndulo.

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Susannah sólo alcanzaba a ver retazos y fragmentos de su cuerpo por entre la cortina de ramas y agujas verdes. La segunda cartuchera de Rolando yacía junto a uno de los pies del monstruo. Observó que la funda estaba vacía. La mirada de Susannah se deslizó hacia lo alto y divisó una forma oscura cerca de la copa. De pronto, una de sus manos resbaló y se agitó frenéticamente en busca de un asidero. Rolando intentó pensar algo, pero aquella extraña sensación había vuelto de nuevo.

Ya siempre estaba con él, pero la tensión parecía acentuarla.