Extranjeros salvar tumbasombrero

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Articles

  1. Jorge Rafael Videla, sin adiós y sin olvido
  2. Radio Habana Cuba
  3. Una voz de amistad que recorre el mundo
  4. Camino real, Juan Bosch (–)

Floro tenía los ojos como carbones encendidos y parecía de piedra. Los compañeros iban llegando, silenciosos y graves; algunos tomaban asiento en los bancos, dentro; otros se ponían en cuclillas, un brazo sujetando el otro y ese ocupado en el cachimbo; pero todos callaban para oírme.

Veía las caras enrojecidas pendientes de mi conversación; sentía la respiración cansada de esos hombres; me aturdían las risas de los muchachos que saltaban las fogatas. Lo decía todo, todo lo que había ido la vida amontonando en mí de amargo, de doloroso, de nauseabundo. Todo… Hasta que una voz, quebrada por la cólera, hizo volver las caras azoradas. Di el frente al que hablaba, como si no fuera yo. No me dolía esa burla, porque estaba muy hundido en mí mismo.

Por la ventana, los ojillos negros brillando en rojo, la cuadrada quijada dislocada por una sonrisa de sarcasmo, estaba don Justo.

Ni entonces tuve deseos de contestarle. El calor de las hogueras me envolvía. Los hombres se levantaron callados, como siempre; pero Prieto quedó allí, en cuclillas, a mis pies, los brazos agarrados; y Floro, la cabeza baja y las manos juntas. El viejo dio la vuelta. Oía el rac-rac lento de sus pantuflas y, sin alzar la cabeza, vi sus negros pantalones. Llegó a la puerta. No contesté, pero me dolió la despedida. Floro me miró como quien insulta. No dijo media palabra, pero se incorporó y se fue.

Jorge Rafael Videla, sin adiós y sin olvido

Le vi abrir la puerta del potrero. Bajo la luz lunar parecía verde, como la alta yerba en la que se perdió su figura.

Cuando entré, vi a Selmo, la cara terrosa y la mirada huida. Liquito también estaba allí y parecía asustado. Yo comprendí que quería llorar. Aquel que yo debí esperar en el camino real, de espaldas a don Justo, al corral, a Prieto, a Floro, a Liquito, a mi sudor mezclado con estiércol, fue un día en que parecía derrengarse el cielo.

Regaba el ventarrón la lluvia en menudas gotas grises, que entraban por las rendijas y rociaban la habitación.

La nubes lentas, oscuras y pesadas, estaban tan bajas que no tardarían en tocar las cimas de los cerros. En el potrero se doblaba la yerba y las palmas se dormían sobre el paisaje. Me levanté temprano. Despacio, como si me sobrara tiempo, arreglé mi bulto; dos mudas de ropa, la hamaca que había mandado comprar al pueblo, el machete. Después me senté recostado a la pared del fondo. Por la puerta se me daban las cosas veladas. En el patio había charcas de agua sucia. Cerca de medio día asomó un rayo de sol por entre las bajas nubes. Todavía teníamos agua, pero no tanta.

Yo pensé entonces ver a don Justo; no pude: en aquella finca inmensa y desolada estaba sembrada gran parte de mí mismo. Los compañeros empezaron a llegar, cubiertos con yaguas o envueltos en sacos de pita para guarecerse de la lluvia. Venían a comer; se arrinconaban, en cuclillas, friolentos, me miraban. Otra vez el silencio. Pesaban demasiado las nubes sobre nosotros. Yo observaba aquellas caras con el deseo de no olvidarlas después. De pronto oscureció la habitación.

Había alguien a la puerta. Y vi los ojos enrojecidos de un hombre oscuro, con los labios gruesos y nariz agresiva, prendidos en mí. Entonces asomó la cara de don Justo tras la espalda del hombre oscuro. Me clavó las uñas en la hombrera de la camisa; me miró por primera vez, sin arrugar la cara; pero tenía el mentón desencajado por aquella odiosa sonrisa. Yo agregué retazos de murmuraciones que estallaron en el coro, palabras del viejo y del desconocido que llegó con él: Floro había robado el caballo melao de don Justo y me acusaban de complicidad.

Pensé, abrumado y lejano, que lo que se perseguía era no pagarme. Entonces me sacó de hondo, como una luz violenta que me deslumbraba, la voz del viejo. Me saltaba algo en la cabeza. Había muchos ojos clavados en mí.

Radio Habana Cuba

La gran tierra era de todos. Había que dejarse comer por ella un día. Pero me llevaron, codo con codo, doblado. El patio estaba resbaloso. Ya en él volví la cara: Liquito se estrujaba los ojos con los puños, sacudido por los sollozos; en el rostro de Selmo asomaba una sonrisa fría y dolorosa. Todavía vi, en la ventana de la cocina, los pómulos lustrosos de la negra María suspendidos sobre mí. Me dejaron en la sala, tirado sobre una silla desvencijada.

Una voz de amistad que recorre el mundo

Por lo que decían entendí que esperaban a Floro. Lo habrían mandado perseguir, de seguro. Lo trajeron al fin, a la caída de la tarde, amarrado. Levantó la cabeza cuando entró a la medio oscura sala de don Justo. Su mirada era dura y altiva. Nadie hubiera podido resistir aquellos ojos negros, audaces y luminosos. Su cara se había hecho filosa y el perfil cortaba.

Don Justo juntó los labios. Le silbaba la palabra entre ellos. El viejo levantó sus grandes y quemadas manos. Entonces el hombre oscuro, con los labios apretados, se adelantó, el puño cerrado y el brazo alto. Mi compañero le miró como si hubiera querido fulminarle. Pero el hombre oscuro no hizo caso. A un mismo tiempo me sentí frío y medio asfixiado. Cuando miré de nuevo vi a Floro sacudir la cabeza, tembloroso de ira. El otro, el que le había traído bajo la fría lluvia, por todo aquel enlodado camino, sonrió. El viejo habló con voz ronca. Parecía que entraban sonidos por todas las puertas.

Yo cerré los ojos y esperé. La oscuridad avanzaba cansada y se escondía en los rincones de la sala. Oí la voz del viejo. Tenía las manos amoratadas, frías, y me dolían los brazos. Y sabe Dios si hubiéramos vuelto a pedirle cuentas a él. Una lasitud suprema me invadía. Pero no me pregunté por qué había robado Floro. Al otro día, solo bajo el turbio cielo, con la fe arruinada, salí de aquella casa. Tan sólo la mano negra de la vieja María se sacudió, desde la ventana de la cocina, para decirme adiós. Pirata, el perro que nos ladró a la llegada, llegó conmigo hasta el portón.

Vi las palmas adormecerse sobre el paisaje y un pato con su andar inseguro acercarse a la laguna. Después, el camino enlodado, desolado, largo. Rica y grande es esta tierra cibaeña.

Camino real, Juan Bosch (–)

Rica y grande tierra ésta. Hay muchos caminos reales, tantos como pies que los busquen. Ante la precariedad, no somos pocos los resignados a aceptar ese título. Remite a uno de los documentos fundacionales de la cultura occidental: la Apología de Sócrates , por Platón. Dado el ambiente de la Tetralogía, no deja de ser llamativo que Silvio inicie su letanía despechada con un gesto de apariencia caballerosa: una nominal defensa de -y pedido de disculpas a- la mujer con sombrero.

El amor es, esencialmente, un fenómeno del discurso, un código cultural: los animales no aman. Es lenguaje.


  • El niño que comía lana (Narrativas hispánicas nº 634)!
  • Editorial El cuervo: enero .
  • Mucho más que documentos.!
  • Los papeles póstumos del Club Pickwick: Ilustrado.

Es código. Lo mismo ocurre en el desamor. Como no podía ser de otra manera, ya que el desamor es el amor visto desde de la orilla opuesta.