Facel Vega: Prestigio-coche Made in France

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Pasamos de alquilar un departamento en Las Toninas a vivir una quincena en un chalet del barrio Los Troncos en Mar del Plata. Los primeros autos de colección de marca desconocida que nos regalaba mi viejo fueron reemplazados por los Matchbox. Mi favorito era un Jeep lila al que se le veía el motor plateado. Soñaba con crecer y tener un auto así cruzando la Sabana africana adonde pensaba ir, influido tal vez.

Lo extraño en todo ese tiempo es que si bien en nuestro hogar todo mejoraba, mi padre seguía aferrado a su Siam Di Tella. Podría haberse comprado un Dodge , o un Ford Taunus, pero no quiso. Nos hacía escuchar el motor.

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III A Gustavo le gustaba desafiarme. Me decía que yo no me animaba a hacer tal o cual cosa y yo iba y lo hacía, como sacar la réplica del Siam Di Tella. En otra oportunidad, en el que nos quedamos solos en el auto esperando que mi viejo comprara ravioles en la casa de pastas, me dijo que no me animaba a apoyar sobre mi pierna el encendedor del auto.

Lo pusimos a cargar y cuando estaba al rojo vivo lo apoyé sobre mi muslo derecho. Me dolió mucho, pero me lo banqué. Le gané un auto de la colección de mi hermano. La llaga me duró meses.

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Mi padre tenía una salud de hierro, salvo en una oportunidad que se enfermó de manera preocupante. Fiebre alta, tos, imposibilidad de levantarse. Un médico lo venía a ver cada dos días y una enfermera le ponía una inyección por la mañana y por la tarde. Fue esa vez en la que Gustavo me volvió a desafiar: a que no me animaba ir a la habitación y abrir el maletín de mi viejo para ver qué llevaba adentro.

Aproveché la hora de la siesta. Mi viejo se quedaba dormido, mi vieja limpiaba la cocina mientras veía la telenovela. Nosotros hacíamos los deberes. Si se llegaba a despertar, la reacción de mi padre podía ser terrible. No sabíamos qué podía hacernos, solo que iba a ser algo muy grave. Gustavo me apuró para que fuera. Me dirigí al cuarto de mis padres. Mi viejo descansaba profundamente. Un leve ronquido, casi un silbido proveniente de su pecho, se repetía a ritmo cansino.

Guardaba su maletín en la parte alta del placard.


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Yo solo podía llegar ahí subido a una silla. Acerqué una tratando de no hacer el mínimo ruido.

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Abrí el placard atento a la respiración de mi padre. Ahí estaba el maletín, solo, oscuro, frío al tacto. Lo tomé y lo bajé. No sabía si sacarlo de la habitación o si mirarlo ahí mismo. Quedaba la posibilidad de que estuviera cerrado con llave y tuviera que buscarla en el llavero que dejaba en la mesa de luz. Bajé de la silla con el maletín tomado por mis dos manos. Lo apoyé en el piso. Agachado había menos posibilidad de que me viera si se despertaba. Busqué la cerradura y probé abrirlo. Miré a mi padre que seguía profundamente dormido.

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Levanté la parte superior y observé qué había adentro. La levanté y me pareció tan pesada como la plancha de hacer churrascos.


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Me habría gustado fijarme si estaba cargada, pero no pude entender por. La volví a guardar en su lugar. Acomodé luego el maletín, cerré las puertas del placard, dejé la silla en el rincón y salí de ahí temblando. Gustavo me vio llegar y en su rostro se reflejaba mi propio estado de locura.

Yo me decanté por espía, mi hermano por asesino a sueldo. Policía y revolucionario eran las dos opciones menos posibles. IV Ocurrió un día de julio, en plenas vacaciones de invierno.

Se subía a su Di Tella cargado de su maletín y partía raudo sin mirarnos, concentrado en el camino y en sus actividades. Mi madre se dirigió a su cuarto y encontró sobre la cama un so-. Otro maletín. Yo pasaba en ese momento por ahí y la vi abrir el sobre. Fui a llamar a Gustavo.

Cuando regresamos al cuarto ella ya había leído la carta. Quiso ser clara. Era un abandono. Por un momento sospeché que adentro iba a haber un arma. El maletín estaba lleno de dinero pesos y dólares y joyas: relojes, cadenas, pulseras, la mayoría parecía de oro. Éramos ricos, o algo parecido. En el living faltaba la réplica del Siam Di Tella.

Una vez que hubo un buen agujero, tiró ahí adentro el maletín y lo cubrió con tierra. Después arrojó encima la ropa del viejo y la prendió fuego. Nos quedamos hasta tarde viendo las llamas, como si nos hubiéramos ido de campamento y estuviéramos frente a un fogón.

Facel Vega and a few Citroens

Fueron meses difíciles. La economía familiar se caía a pedazos. Al poco tiempo alquiló un local en el barrio y puso una bijouterie. Ella misma lo atendía, por lo que tuvo que contra-. Se anotó en un curso de manejo, lo aprobó y sacó el registro. Se compró un Fiat blanco que podía ser el hijo menor, un poco torpe y sin muchas luces, del Siam Di Tella de nuestro padre. Mientras, Gustavo seguía leyendo el diario todos los días: noticias, clasificados, chistes. Una pareja encapuchada había asaltado un banco en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe. Ellos eran mi padre y su pareja, fuera quien fuese esa mujer por la que él nos había abandonado.

Desde entonces, entendí perfectamente el sacrificio de mi hermano con la lectura del diario. Buscaba noticias sobre mi padre. Nunca le comentamos nada a mi madre, no nos parecía necesario. Las noticias no aparecían seguido.