IN PROMTU: Reminiscencias De Lo Inesperado

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Contents

  1. Otra vuelta de tuerca sobre la metaficción y la aventura en algunas novelas de Álvaro Mutis
  2. Chavarria Daniel - Una Pica En Flandes
  3. Diccionario

Gregorio ganaría con él euros mensuales por leerle en voz alta, tres veces por semana, de 9 a 12 de la mañana, textos en latín y griego. Con aquel salario, Gregorio se liberó de la deprimente pensión de Carabanchel Alto, donde viviera desde el A fines de enero, se mudó a una habitación mínima, destinada al servicio doméstico de un apartamento lujoso. Tenía entrada directa, disponía de un retrete, una kitchenette y una ventana grande. Era un décimo piso, en Chamartín. Era por fin un sitio independiente, silencioso y aireado, en un buen edificio, con una casera bonachona, que no lo molestaba en absoluto.

El refugio de Chamartín fue para Gregorio otra victoria personal. Aquel trabajo con don Silvestre se le convertía en pasatiempo. Las tres horas volaban. Hombre cultísimo, algo excéntrico y con sus puntos de procaz, don Silvestre era un causeur delicioso. A veces, después de las lecturas, Gregorio aceptaba un aperitivo o una cerveza; y 40 ya en febrero, al mes y Daniel Chavarría Una pica en Flandes medio de haberlo contratado, don Silvestre le pedía a diario que lo acompañara primero a una caminata por el parque interior que tenía al fondo de la casona, y luego lo invitaba a su mesa.

Aunque don Silvestre se conocía al dedillo todos los senderos del parque, su hija Cecilia solía acompañarlo. Mientras ella estuviese en Madrid, vivía en la casona; y su marido de turno, legal o de contrabando, debía admitirle que acompañara al padre en la diaria caminata y compartiera su comida del mediodía. Cecilia, con sus 43 años muy bien llevados, impartía clases en la Complutense.

Pero disfrutaba de ese privilegio, sólo cuando llegaba desde su apartamento. Para acceder por la entrada principal del estudio, tenía que identificarse mediante un golpeteo de nudillos sobre la caoba de la puerta. Por don Silvestre, Gregorio supo también que Cecilia se había separado poco antes de un marido, tras dos años de convivencia; y en el marco de un convenio entre universidades, estaba impartiendo un curso de politología en Munich. Las tres mañanas semanales en casa de don Silvestre, le servían de descanso en su rutina.

Gregorio notó asimismo que olvidar el ajedrez durante esas horas, le producía un efecto benéfico. Logrado el sustento que tan difícil imaginaba desde el convento, ahora invertía su serenidad y mejores energías en el ajedrez; vivía su aurea mediocritas, sin carencias ni sobresaltos, como Quinto Horacio Flaco; y exento de otras ambiciones, era feliz.

Lo fue hasta los inesperados sucesos del 15 de abril, que lo zambulleran en los vendavales del mundo exterior. Cuando bebía sus cervezas en el Bar de la Estación, Gregorio siempre cometía la misma burrada: pagaba su consumición sentado y olvidaba ir al baño antes de echar a andar las seis cuadras que lo separaban de su vivienda.

Para colmo, aquella tarde lloviznaba. Ya en el edificio, cuando se apretaba las entrepiernas y cerraba los ojos para aguantar mejor, Gregorio oyó los primeros aullidos. El ascensor iba por el octavo; y al abrir la puerta en su piso, la vio corriendo por el pasillo, con la cabeza en llamas. Reconoció a una tal Elena, notable beldad que vivía en el pasillo perpendicular al suyo.

En medio de estremecedores chillidos, tras arrojarse al piso, la muchacha comenzó a rodar con movimientos frenéticos, sin control alguno. Ya sus gritos, desde momentos antes, habían convocado a varios vecinos del décimo piso. Las otras tres puertas se abrieron casi de inmediato; y mientras ella se revolcaba desesperada, nuevas voces de alarma le hicieron coro. Dentro de la confusión y gritería, se mantuvo sereno.

De improviso, la gorda gordísima de la tercera puerta se abrió paso con un cubo lleno de agua. En su memoria fulguró el accidente del hermano Jacinto Una sirvienta a su lado tuvo que apoyarse en su escoba para no desmayarse; y cuando Gregorio apuntó a la muchacha y la roció con un chorro gordo, caballuno, oloroso, que humeaba al caer sobre el piso frío, el hijo de la gorda dio dos pasos hacia él. Era la primera vez que Gregorio agredía a alguien.

Un hombre fuerte, canoso, en pijamas, bajaba en chancletas por la escalera. Elena alcanzó a oírlo y cesó de gritar. Supo que aquel vozarrón venía del médico que vivía en el once. En el piso se acallaron las voces profanas y desde ese momento sólo se oyó el chorro sobre la piel y la voz del médico.

Los atónitos vecinos la vieron desvanecerse entre sonrisas.

Meses después, el recuerdo de aquella inimaginable reacción suya, le sería motivo de complacencia. La juzgó un primer paso por el camino de su adaptación al siglo.

Mucho contribuyó también al leve rigor de las lesiones, la compacidad y tersura de su piel privilegiada, diríase de una quinceañera. Pero Elena no superaba su depresión. Aquella epidermis manchada señalaba el fin de su carrera, y su desempleo. En todos los casos le ofrecían compensaciones insignificantes; pero Gertrudis la aconsejaba aceptarlas; y que se olvidara de modelar con la cara. Cuando consultó al especialista que la atendiera en el hospital, supo que sus manchas desaparecerían bajo el efecto natural del tiempo, en el término de unos cinco años.

Nostalgias: No Me Toquen Ese Vals / Reminiscencias

Al indagar sobre los costos, Elena descubrió que las pocas clínicas donde aquella técnica se aplicaba con eficacia en España, eran carísimas. El total, con internación de quince días, no bajaría de Ni siquiera tenía una pela guardada con que amortizar la compra del apartamento, pagar la escuela del niño y vivir. Desde antes de salir del hospital, había llorado mucho.

Otra vuelta de tuerca sobre la metaficción y la aventura en algunas novelas de Álvaro Mutis

Estaba en la calle, en la miseria. Con su familia no contaba ni para comprarse una bicicleta, y su ex era un farolero inservible. Alardeaba de tragarse el mundo, pero ante la mínima adversidad, huía siempre como un cobarde. De haberse encontrado en la situación del vecino, en vez de orinarla y distribuir patadas, Ricardo habría echado a correr escaleras abajo, so pretexto de ir a por los bomberos y tal. Siempre había evadido sus responsabilidades con ella y el hijo.

Al instalarse de regreso en Chamartín, Elena volvió al recuerdo de su salvador. Una chica vecina del mismo piso, que fuera de visita al hospital, la ayudó a recordarlo: un tío flaco, de aspecto apocado. Elena sólo conservaba una borrosa imagen: perfil de cabeza gacha en el ascensor, mirada huidiza, delgadez Y se le superponía la visión recurrente de un hombre sin rostro, enfocado desde el piso, piernas arqueadas, miembro en ristre; y otra de lado, velada por el chorro, cuando daba golpes e insistía en orinarla, a la vista de todos los vecinos. Vaya tío cojonudo. En el hospital, todos los días esperó verlo llegar de visita.

No tenía por qué, pero ella supuso que iría; y ya de regreso en su piso, se propuso abordarlo cuanto antes. Su amiga descubrió que se llamaba Gregorio, pero no supo informarle casi nada de su vida. Ni le importaba mucho a Elena. A ella le constaba que Gregorio, cualquiera fuese su vida y profesión, era un hombrecillo apocado, pero un tío de cojones. Lo contrario de Ricardo, que vivía de impresionar con su estatura, su larga cabellera, su voz gorda y esencia era un ratón.

La nebulosa visión de aquella tarde, cuando lo viera desde el suelo, le inspiraba casi a diario, sueños eróticos. Se despertaba sobresaltada en medio de la noche; y al final, una y otra vez, el poderoso falo derramaba sobre sus ojos, su boca y sus senos, inagotables y gordos chorros de semen, caliente y salvador, como sus orines. A veces, al evocarlos, Elena sonreía avergonzada.

Otras, se relamía de placer. La misma tarde de su regreso, Elena se presentó en el piso de doña Socorro, pero él no se encontraba. La señora le informó que en general solía llegar tarde, después de las once o doce de la noche. Elena se apostó a las diez en su cocina, apagó la luz y dejó la puerta del pasillo apenas entornada, para vigilar el ascensor; y poco antes de las once, al ver salir a Gregorio, cogió la basura que ya tenía lista en su bolsa y se dirigió a verterla en el incinerador.

Se hizo la encontradiza y lo saludó con efusividad. Él, tímido, confuso, de pie en el pasillo, sólo atinó a asentir y a sonreír.

Avergonzado, con su mano apresada, no sabía adónde mirar. Ella no paraba de referirse a su valiente y oportunísima intervención. Pertinaz, verborreica, se empeñó en describirle el accidente. En esos días su Pedrín cumplía años, y ella se encontraba ajustando una cafetera para ponerla sobre la hornilla cuando sonó el timbre. Uno de sus médicos siempre la instaba a darle eternas gracias al valiente y oportuno vecino, y en fin, llevada también de una inmensa admiración por la forma enérgica en que actuara ese día, ella aspiraba a ser su amiga, y de momento quería saber si le sería posible cenar juntos en su apartamento, al día siguiente.

Ante tan insospechada invitación, Gregorio vaciló. Era la primera mujer joven y bella que se le mostraba tan solícita. Sólo su madre, pobrecita Dios la tuviera en Su Santa gloria. Sorprendido, asustado, no se atrevió a rehusar la invitación.

Chavarria Daniel - Una Pica En Flandes

Y le dedicó una sonrisa desmañada, como el niño que se avergüenza de recibir un regalo apreciable. Elena comprobó que era joven. En todo caso, sólo un poco mayor que ella. Le sugerían un erotismo de espadachines, rapto y galope nocturno.


  1. UNA LLAMA EN LA OSCURIDAD (MiniNovela Romántica);
  2. El Espacio: Datos Fantásticos y Fotografías Impresionantes para Niños.
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Las veía entreabiertas. Se excitaba al recordarlas. El amor no figuraba en el programa de Gregorio.

Diccionario

Se sabía un hombrecillo sin sex appeal Por instinto y natural cautela, renunció a las mujeres desde niño. Fuera de la masturbación conventual, no tuvo comercio carnal hasta los 30 años. Gregorio fue objeto de una cabalgata grotesca, por la que pagó y se marchó asqueado. Aquel acto tan grotesco, con una adolescente drogada que apenas hablaba español, lo forzó a cerrar los ojos. Se satisfizo de prisa y con asco; y reconoció que en sus encogidas soledades lograba mejores finales. Al contemplarse en el espejo, un inmediato desaliento le inhibía toda iniciativa.


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  3. (PDF) Obras de SAN AGUSTÍN II | Vicente Carreño Gil - cars.cleantechnica.com.

Antes del accidente, había visto a Elena sólo cuatro o cinco veces. Su belleza y elegancia al vestir lo estremecieron desde que la viera en el vestíbulo del décimo piso.