La culpa es tuya papá y otros cuentos de fútbol

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Mi Viejo - Quique Wolff

Eso quién te lo quita. Tipos que te paraban por la calle. Muchachos que te seguían a muerte a todos.


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Y de pronto la guita, y la casa nueva. Y a la tribuna que le daba por aplaudirme cada jugada, sabés lo que es eso. Y los de las revistas y las radios que te ponían al lado de Cherro y de De la Mata. Y cada gol, que era una fiesta nacional. Yo andaba por los veinticinco.

Cargado por

Qué tanto correr como un desesperado los noventa minutos. Decíme, hace falta, qué va a hacer falta. Pero, de golpe, a todos los directores técnicos les dio por ahí. Atletas querían, no jugadores. Fue después de aquella goleada por Europa. Y bueno, vos sabés, yo me aguanté como dos años de carreritas, y calistenia, y concentraciones.

Pero don Ignacio ya me tenía entre ojo. Claro, el quía se muñequeaba la presidencia del club, y desde la comisión directiva, empezó con aquello de que había que renovar todo. Primero, la sede, después, las finanzas, y después, estaba cantado, la modalidad de juego, y por supuesto el equipo. Estilo europeo, decía. Vos sabés cómo los embalurdó a todos con eso, no.

Y ese año, en las elecciones, natural, don Ignacio Gómez, presidente. Y a mí me quisieron pasar a la reserva. Entonces me rajé.

Te parece que yo lo iba a aguantar. Cinco temporadas en Colombia, che. Y conmigo se enloquecieron. La araña, me decían. A los dos meses de llegar le ganamos a México, y ese año salimos campeones. Hicimos una gira por Europa, jugamos en el cuadrangular de Lisboa. Los diarios, para qué te voy a contar, lo que menos decían era que yo era un fenómeno. Y los dirigentes del club, sabés cómo me tenían.

Y vos sabés bien por qué estoy aquí. Porque me fueron a buscar, te juro. Lo pusieron otra vez a Bruno, y don Ignacio se la tuvo que aguantar. Para colmo lo obligan a meterme a mí en el equipo. Y chau acomodo, y chau coima, y chau negocios con el gobierno. Así que el tipo hizo como si todo fuera cosa suya. Hasta lo declaró en los diarios, sabés. Te das cuenta qué ñato, otra que ministro inglés. Así que para la gente, para los diarios, para todo el mundo, el responsable de mi vuelta era don Ignacio. Y a mí qué corno me importaba. La cuestión era que me habían ido a buscar, pibe, y entonces volví.

El libro de Teresa

Con treinta y cuatro encima volví. Pero contento, sabés. Volver a ser otra vez la bordadora. Y unas ganas de jugar en la cancha nuestra, y en la bombonera, y en la de River. Que estaba viejo, decían. Que estaba pesado. Vas a ver cuando agarre la pelota vos, y éstos y ése ni bien entren a no saber ni dónde tienen las patas. Esas cosas pensaba cuando me sacudían. Qué me iba a imaginar, pibe, que me iba a aparecer el viejo asunto de los meniscos.

Una caída pava en el entrenamiento, me revisan, y no hay vueltas, los meniscos salidos, tengo que operarme. Es, o no es mala leche. No, la operación no. Quiero decir el descanso, el mes entero sin moverme, entendés, eso me mató. Yo tengo tendencia a engordar, siempre la tuve. Chupando un poco, fumando, comiendo en casa. Pero no era para hacer tanto escombro. Hasta los muchachos me felicitaron. Pero los diarios, dale con. De dónde carajo sacaban esas cosas los tipos, no sé.

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Me daba una bronca. Pero pensaba en la hinchada, y la bronca se me iba un poco, sabés. Vas a ver cuando Zatti se corte solo hasta el arco, pensaba.

Vas a ver cuando el cemento se venga abajo al grito de dale bordadora. A lo mejor por eso estaba algo nervioso el domingo. Bueno, no nervioso, pero preocupado. Venir y reaparecer justo en una semifinal no es joda. Pero no fueron los nervios, ni la preocupación. Qué sé yo lo que fue. Y después ya no la veía. Es la verdad, qué te voy a macanear, si no veía una pelota. A vos no te pasa que alguna tarde no ves una pelota.

Prólogo del Libro: "Todos Fracasos"

Yeta, qué sé yo, pero no la ves. Al principio te parece que es casualidad, que otra jugada y te vas a rehabilitar. Pero después entras a correrla, y a pifiar, y a descolocarte. Y no la ves, y no la ves. Y qué vas a hacer. Bueno, yo, el domingo andaba así. Y ahí empezaron. Dale gordo, cómprate una motoneta, gritó uno y se fue como si lo estuvieran esperando.

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Porque al ratito se largaron todos, o a mí me parecía que eran todos. A dormir la siesta, viejito, me gritaban. Vaya a regar las plantitas, abuelo, me gritaban. La hinchada me lo decía, nuestra hinchada. Me avivo de que por lo menos eso no lo habían inventado allí.