La Gran Revolución Francesa (1789-1793) (Utopía Libertaria nº 57)

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Articles

  1. Características
  2. Nueva edición de La Gran Revolución Francesa, de Kropotkin - Acracia
  3. Historia de Luis XVI
  4. Francisco Fernández Buey y la Revolución de Octubre
  5. Libros de Anarres

En efecto, un fenómeno como la Revolución Francesa no puede ser reducido a un simple esquema de tipo causal: del hecho de que esta Revolución tenga sus causas no se deduce que su historia esté completamente contenida en esas causas. Se puede explicar, por ejemplo, la revuelta de la mayoría de los diputados de los Estados generales por la crisis de la sociedad política del Antiguo Régimen, pero la situación creada a partir de entonces por la ausencia de poder y por la insurrección que le sigue, introduce en esta crisis un elemento absolutamente inédito, de consecuencias absolutamente imprevisibles dos meses antes.

Se puede incluso, En otras palabras, el debate sobre las causas de la Revolución no cubre por entero el problema del fenómeno revolucionario, ampliamente independiente de la situación precedente y que desarrolla sus propias consecuencias. Tocqueville, como siempre, presintió este problema fundamental. Uno de los ensayos que se incluyen en esta obra trata de los diferentes elementos de esta conceptualización.

Partiendo de la actualidad para Tocqueville , es decir, del balance post-revolucionario. Y como no toma ninguna distancia en relación a la conciencia revolucionaria con la que comparte las ilusiones y los valores, es incapaz de percibir que lo que la Revolución Francesa trae de radicalmente nuevo y de misterioso es precisamente aquello que ella considera como un producto normal de las circunstancias y como una figura natural de la historia de los oprimidos.

Ni el capitalismo ni la burguesía han necesitado revoluciones para aparecer y dominar en la historia de los principales países europeos del siglo xix.

Tengamos en cuenta ante todo las circunstancias: no se trata de la miseria o de la opresión sino de la libertad de lo social en relación a lo político. Si la Revolución es invención, desequilibrio, si pone en movimiento tantas fuerzas inéditas que llegan a transformar los mecanismos tradicionales de la política es porque se instala en un espacio vacío, o mejor dicho, porque proliféra en la esfera hasta ayer prohibida del poder y que ha sido bruscamente invadida. Situación excepcional que abre a lo social un espacio de desarrollo que le estaba casi siempre vedado: la Revolución moviliza la sociedad y desarma el Estado.

Características

A partir de el reino de Francia es una sociedad sin Estado. Es inseparable de una especie de hipertrofia de la conciencia histórica y de un sistema de representaciones que comparten los actores sociales. Desde el principio, es una perpetua violencia de la idea sobre lo real, como si aquélla tuviese la función de reestructurar por medio de lo imaginario el conjunto social fracturado.

La Revolución es el espacio histórico que separa un poder de otro poder, y en el que una idea de la acción humana sobre la historia sustituye a la idea establecida. En esta desviación imprevisible y acelerada, esta idea de la acción humana invierte los principios tradicionales del orden social. El Antiguo Régimen estaba en manos del rey, la Revolución es el gesto del pueblo.

Nueva edición de La Gran Revolución Francesa, de Kropotkin - Acracia

La antigua Francia era un reino de subditos, la nueva una nación de ciudadanos. La antigua sociedad era la del privilegio, la Revolución funda la igualdad. De esta manera se constituye una ideología de la ruptura radical con el pasado, un formidable dinamismo cultural de la igualdad. A partir de entonces la economía, la sociedad, la política se doblegan ante este empuje de la ideología y de los militantes que son sus portavoces; cualquier liga, cualquier institución es provisoria ante este torrente que no deja de avanzar. Primero, que todos los problemas individuales y todas las cuestiones morales o intelectuales han llegado a 39 ser políticos y que no existe desgracia humana que no tenga una solución política.

Tal como Marx lo percibió con claridad en sus obras de juventud, la Revolución encarna ía ilusión de la política pues permite hacer consciente lo vivido pasivamente. La Revolución inaugura un mundo en el que todo cambio social es imputable a fuerzas conocidas, catalogadas, vivientes; al igual que el pensamiento mítico, inviste al universo objetivo de voluntades subjetivas, es decir, de responsables o de chivos emisarios, como se prefiera. La sociedad, liberada del peso del estado y de la coacción del poder que ocultaba su disgregación, se vuelve a organizar de esta manera en el nivel de la ideología.

Este mundo poblado de voluntades que sólo reconoce fieles o adversarios, posee una incomparable capacidad de integración. Pero el ejemplo de la Revolución Inglesa muestra que en el nivel de la movilización y de la acción colectivas, la referencia fundamental de los espíritus sigue siendo religiosa. Si el individuo debe definirse por los fines de su acción política, basta con que estos fines sean simples como los de la moral para que la Revolución funde a la vez un lenguaje y una sociedad.

Esta es la fiesta de la Federación. En este punto recurro a la obra de Augustin Cochin, a la que dedico uno de los capítulos de este libro. Pero deseo ante todo evocar su intuición central, como una manera de reconocer la deuda que con ella tiene la economía general de este libro. Exactamente lo que Tocqueville apenas trató.

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No se interesa por la continuidad entre el Antiguo Régimen y la Revolución, sino por la ruptura revolucionaria. En pocas palabras, intenta conceptualizar a Michelet, analizar lo que sintió e interpretar su experiencia.

Historia de Luis XVI

En síntesis, aplica el espíritu deductivo de Tocqueville a la materia desenfrenada de Michelet. Pretende hacer una teoría del acontecimiento revolucionario en sí mismo a través del nuevo sistema de acción que éste descubre: se trata de pensar el jacobinismo en vez de revivirlo. El camino abierto por Cochin no tuvo seguidores, a pesar de que la ciencia política recibió después todas las consagraciones universitarias. De allí proviene la necesidad de su constante presencia en el interior de la acción que sin ella se desnaturaliza y vuelve a quedar a merced de los malvados.

Alrededor de este peligroso interrogante se ordenan las modalidades de la acción y la distribución del poder. La situación revolucionaria es entonces la que superpone estrechamente los dos niveles de la conciencia jacobina, al transformar el sistema de representaciones en sistema de acción.

Pero el sistema de representaciones disponibles y que el acontecimiento pone en movimiento préexiste a esta situación: ha sido elaborado con anterioridad como una especie de contrapeso sociológico a la filosofía de las luces. Tiene orígenes, es decir, materiales y portadores, sin que estos orígenes hayan supuesto de antemano el estallido de los materiales y el proyecto revolucionario de los portadores.

Francisco Fernández Buey y la Revolución de Octubre

Gira permanentemente en torno de una visión política de lo social y del problema de los orígenes y de la legitimidad del pacto social. No es casual que el filósofo que sintió y teorizó con mayor fuerza y sensibilidad la autonomía del yo, haya concebido esta figura abstracta de una sociedad completamente unificada. A partir de la igualdad de los hombres, es decir, de los derechos de los individuos, sólo hay a su juicio dos soluciones posibles al contrato social, como lo explica en su famosa carta a Mirabeau padre 26 de julio de : o se trata del estado de derecho, es decir, del hombre libre que obedece a la ley Contrato social, II, cap.

I, 46 y es entonces el juego permanente de espejos entre voluntades individuales y voltmtad general. Para escapar a esta lógica encontraron una salida muy simple: se volvieron hacia la realidad empírica, es decir, hacia la historia. De esta manera Boulainvilliers o Montesquieu, por ejemplo, pueden conciliar por una parte igualdad natural y desigualdad real, y, por otra, transformar las desigualdades nacidas de la historia en derechos individuales y colectivos que el pacto entre el rey y los subditos garantiza.

Libros de Anarres

La nación es, pues, precisamente el marco de la historia y del contrato social, un conjunto de derechos individuales imprescriptibles cuya coagulación y defensa sólo ella puede asegurar: la nación es la depositaría de la relación original de donde nace la realeza, es decir, del contrato de los orígenes. La historia es una reminiscencia colectiva, el reencuentro de los franceses con los derechos de la nación, es decir, con sus propios derechos.

De este modo se piensa lo social a través de lo nacional: la multitud de individuos y de intereses particulares que lo componen aparece inmediatamente conjurada y nuevamente unida gracias a la existencia de un contrato histórico originario. El conjunto de lo social es definido por este contrato y este origen. Reduplicación del 14 de julio, la fiesta de la Federación no necesita otros títulos para fundar la nación.

Lo que antes del 89 se percibía como un intento de restauración se ha transformado ahora en el contrato originario. La fuerza de esta toma de conciencia puede ya leerse en la refutación de todos los modelos extranjeros cuando se los evoca lo cual no sucede a menudo : los autores de esta literatura sólo mencionan las institucio- El rey que dispone de una elección histórica, de la que da prueba la filiación, es la encarnación del Estado.

La nación es un conjunto humano histórico y mítico a la vez, depositario del contrato social, voluntad general perdida en la noche de los tiempos, promesa de fidelidad ante los orígenes. Si por desgracia esta sumisión no existe es porque fuerzas nefastas pero poderosas se oponen a esta cooperación y destruyen esta regla de transparencia entre él y su pueblo. Entre el rey y la nación existen fuerzas sociales diferentes que se definen, no obstante, en relación al contrato original: la nobleza es su figura esencial, pero también pueden formar parte del cuerpo intermedio los parlamentos, la nobleza de toga, el clero.

O bien es- Desviación que se hace patente y representa una amenaza desde Richelieu. O bien, por el contrario, los cuerpos intermedios cumplen el papel de pantallas entre el rey y la nación; lejos de representar al pueblo, usurpan, por el contrario, sus funciones. Por intermedio de la nación o, por otra parte, de la voluntad general, los franceses recuperan sin saberlo la imagen mítica de un poder sin límites puesto que sirve para definir y representar al conjunto de lo social. El lento ascenso de la sociedad civil hacia el poder se opera en nombre de este poder absoluto en tanto es el principal: identificado con la nación, con el pueblo, posee su antiprincipio, el complot.

A la muerte de Luis XIV esta sociedad asistió naturalmente a la reanimación de los circuitos tradicionales y particularmente a la de la función de los parlamentos. Esta es la razón por la cual la sociedad del siglo xviil encuentra progresivamente otros portavoces: los filósofos y los literatos. Los hombres de letras tienden a sustituir los hechos por el derecho, el equilibrio de los intereses y la apreciación de los medios por los principios, el poder y la acción por los valores y los fines. Privados de libertades verdaderas los franceses se dirigen, de esta manera, hacia una libertad abstracta; incapaces de una experiencia colectiva, sin medios para comprobar los límites de la acción, se orientan sin saberlo hacia la ilusión de la política.

Pues esta sociedad ha producido, y mantiene, junto a la antigua, una nueva sociabilidad política que sólo espera la ocasión para ocupar toda la escena: en esto consiste el descubrimiento de Augustin Cochin. Una sociabilidad política: por ella entiendo un modo de organizar tanto las relaciones entre los ciudadanos o los subditos y el poder como entre los mismos ciudadanos o los subditos a propósito del poder.

Pero la sociedad real reconstruyó en otra parte, fuera de la monarquía, el mundo de la sociabilidad política.

Son, por el contrario, productos de la sociedad, pero de una sociedad emancipada del poder que recrea por sí misma la trama social y política a partir de lo individual. Por esta razón precisamente, la monarquía francesa de fines del siglo xviii es absoluta y no como lo ha repetido la historiografía republicana siguiendo el testimonio de la Revolución, por el ejercicio de su autoridad.

La revolución francesa - Documental

Este poder es un poder débil pero que se piensa como indiviso: no obstante esta representación intacta que sobrevive a la erosión de lo que afirma es justamente la condición necesaria y suficiente del ocultamiento del circuito político. Los dos circuitos son incompatibles por lo que tienen de idéntico. Si entre ambos no existe ninguna posibilidad de comunicación es porque comparten la misma idea del poder.

La Revolución Francesa no puede pensarse fuera de esta idea o de este fantasma, que es una herencia de la antigua monarquía; pero la Revolución la arraiga en lo social en vez de verla como el producto de la voluntad de Dios.