Peldaños al infierno: Una mujer caída

Descargar libre. Reserve el archivo PDF fácilmente para todos y todos los dispositivos. Puede descargar y leer en línea el archivo PDF Peldaños al infierno: Una mujer caída PDF Book solo si está registrado aquí. Y también puede descargar o leer en línea todos los archivos PDF de libros relacionados con el libro Peldaños al infierno: Una mujer caída. Feliz lectura Peldaños al infierno: Una mujer caída Bookeveryone. Descargue el archivo Libro gratuito PDF Peldaños al infierno: Una mujer caída en la Biblioteca completa de PDF. Este libro tiene algunos formatos digitales como el libro de papel, ebook, kindle, epub, fb2 y otros formatos. Aquí está la biblioteca de libros CompletePDF. Es gratis registrarse aquí para obtener el archivo del libro PDF Peldaños al infierno: Una mujer caída Pocket Guide.

Articles

  1. gabriel rodríguez heras - Iberlibro
  2. Las diez mejores historias de amor de la literatura
  3. Purgatorio (Divina comedia)
  4. Mujer Callejera

Billy miró a su alrededor. Podía pasarse una semana entera quitando aquel polvo con la pala sin que se notase ninguna diferencia. El filón estaba agotado. Sin embargo, optó por no hacer preguntas. Seguramente se trataba de alguna especie de prueba. El muchacho no se esperaba aquello. Había dado por supuesto que trabajaría al lado de los mineros expertos y aprendería de ellos, pero solo podía hacer lo que le habían ordenado.

Entonces se acordó de los clavos que le había dado su padre. Así estaba mucho mejor. La vagoneta tenía la altura del pecho de un hombre adulto, pero a Billy le llegaba a la altura de los hombros, y en cuanto se puso manos a la obra, descubrió que la mitad del polvo se escurría de la pala antes de que pudiese arrojarlo por el borde del vagón. Ideó un método para evitarlo haciendo girar la plancha, pero al cabo de unos minutos estaba completamente empapado en sudor y descubrió para qué era el segundo clavo: lo clavó en otro travesaño y colgó de él la camisa y los pantalones.

Por el rabillo del ojo, vio una figura tenue inmóvil como una estatua. No tiene buena pinta —afirmó—. Te dejaré la mía. Aquel individuo le ponía los pelos de punta, pero al menos parecía velar por la seguridad de Billy. El chico se puso manos a la obra de nuevo. Al poco, empezaron a dolerle las piernas y los brazos. Pero para eso solo tardaba un cuarto de hora. Bajo la capa de polvo, el suelo era de roca y arcilla.

Los desechos apenas si cubrían el fondo de la vagoneta, pero él ya estaba exhausto. Intentó empujar la vagoneta hacia delante para no tener que caminar tanto trecho con la pala llena, pero las ruedas parecían trabadas por el desuso. No era lo que estaba sucediendo, de modo que respiró aliviado, pero acto seguido, la llama se extinguió por completo. Nunca había visto tanta oscuridad. No veía nada, absolutamente nada. Ni siquiera vislumbraba zonas teñidas de gris, ni distintas tonalidades de negro. Levantó la pala hasta situarla al mismo nivel que la cara y la sostuvo a dos dedos de la nariz, pero aun así, seguía sin verla.

Así era como debía de sentirse un ciego. Permaneció inmóvil. Rodeado de aquella oscuridad, podía pasarse horas vagando por las galerías. Se quedaría allí, muy quietecito, esperando a Price. Seguro que Price lo había hecho a propósito. Luego, recobró la serenidad.

Era otra prueba, como lo de la jaula. Bien, pues les demostraría a todos lo duro que era. Decidió que lo mejor sería que siguiera trabajando, aunque fuese en la oscuridad. Moviéndose por primera vez desde que se había extinguido la llama, apoyó la pala en el suelo y la deslizó hacia delante, intentando recoger algo de polvo. Cuando la levantó, supuso, por el peso, que debía de haber recogido un buen montón. Se volvió, dio dos zancadas y levantó la pala, tratando de arrojar los escombros al interior de la vagoneta, pero calculó mal la altura.

Volvería a probar. Cuando la hubo descargado, la dejó caer y notó que el mango de madera golpeaba el borde de la vagoneta. Así estaba mejor. Pensó en la tierra que había encima de su cabeza, que se extendía a lo largo de casi un kilómetro, y en el peso que soportaban aquellos viejos puntales de madera.


  1. Navegación de entradas!
  2. ¡No te lo pienses más y disfruta del libro entero!.
  3. Pequeños momentos breves!
  4. Elegir Categorías.

Se acordó de su hermano, Wesley, y de los otros hombres que habían muerto en aquella mina. Pero sus espíritus no estaban allí, por supuesto. Los otros también debían de estarlo; si no, es que habrían ido a parar a otro lugar….


  1. Menú de navegación.
  2. De aprendiz a maestro: Diálogos de Hakan y Kukuri: Reflexiones de un principiante!
  3. No. 59; WILLIAM BLAKE Y LOS PROVERBIOS DEL INFIERNO.
  4. Las crónicas de Soul!
  5. Domingo al Día?

De pronto, sintió miedo y decidió que no era una buena idea pensar en espíritus. Empezaba a tener hambre. No tenía ni idea, pero pensó que se lo comería igualmente.

gabriel rodríguez heras - Iberlibro

Rehízo el camino hasta el lugar donde había colgado la ropa, palpó a tientas el suelo y encontró la botella y la caja de hojalata. Se sentó, apoyando la espalda en el hastial, y tomó un largo sorbo de té frío y dulzón. Cuando se estaba comiendo el pan untado con manteca, oyó un ruido débil.

Entrevista a Gabriel de las Heras en viveLibroTV

Esta vez una intentó subirle por el brazo. Era evidente que habían olido la comida. Estaba deliciosa, llena de fruta seca y almendras, pero una rata se le encaramó a la pierna y se vio obligado a engullir la tarta a toda prisa.

Las diez mejores historias de amor de la literatura

Fue como si supieran que ya no quedaba comida, porque los chillidos fueron cesando poco a poco hasta desaparecer del todo. La ingesta de comida le dio a Billy energías renovadas para un rato y se puso a trabajar de nuevo, pero sentía un dolor punzante en la espalda. Alguien iría por él al final del turno. Eso no podía ser. Su padre se subiría por las paredes y removería cielo y tierra hasta dar con él.

Tarde o temprano, sin duda alguien iría a buscar a Billy. Pero cuando volvió a sentir los retortijones del hambre, se dio cuenta de que debían de haber pasado muchas horas. Empezó a asustarse de verdad, y esta vez le era imposible sacudirse el miedo de encima. Habría podido soportar la espera si hubiera podido ver, pero sumido en aquellas tinieblas, era como si estuviese perdiendo el juicio.

Antes le preocupaba echarse a llorar como un niño, pero ahora le estaba costando horrores reprimir los gritos. La oscuridad no importaba, ni el paso del tiempo. Billy tenía a alguien a su lado que cuidaba de él y lo protegía. No le gustaba su voz, que seguía siendo muy aguda, pero no había nadie allí para oírlo, así que se puso a cantar a pleno pulmón. La mayoría de los himnos tenían ritmo.


  • La Mirada En El Cosmos.
  • Los zapatos de Mario Levrero!
  • CHINO PARA NIÑOS - VOL 4. INTERMEDIARIO.
  • Los autores de viveLibro contra la violencia de género en sus novelas.
  • El pequeño salvaje (Impedimenta nº 59)?
  • Grandes venganzas de la historia.
  • Ken Follett.
  • Se sabía muchísimos himnos. Llevaba acudiendo al templo de la Iglesia de Bethesda tres veces todos los domingos, desde que era lo bastante mayor para permanecer sentado sin hacer ruido. Los libros de himnos eran muy caros y no toda la congregación sabía leer, por lo que todo el mundo se aprendía la letra de memoria. Cuando hubo cantado doce himnos, calculó que debía de haber pasado una hora.

    Después de eso, le resultó difícil seguir la cuenta. Estaba cantando La tumba lo encerró a voz en grito cuando vio una luz. Cuando terminó de cantar el himno, se apoyó en la pala. Billy no quiso exteriorizar su alivio: no pensaba darle a Price el gusto de ver cómo se había sentido. Billy vaciló unos instantes. Mientras seguía a Price, las piernas le dolían tanto que pensaba que le fallarían y que iba a caerse de un momento a otro, pero eso le traía sin cuidado. Ya veía otra vez, y el turno había terminado.

    Pronto estaría en casa y podría tumbarse a descansar. Llegaron al fondo del pozo vertical y se metieron en la jaula con un grupo de mineros con el rostro tiznado. Tommy Griffiths no estaba entre ellos, pero el Seboso Hewitt, sí.

    Purgatorio (Divina comedia)

    Mientras aguardaban la señal desde arriba, Billy advirtió que todos lo miraban de reojo, esbozando sonrisas maliciosas. Billy vaciló antes de contestar; saltaba a la vista que sabían algo, pero quería que viesen que no había sucumbido al miedo. Me ha costado mucho trabajar así, en la oscuridad, con la pala todo el día —explicó.

    Se había quedado bastante corto con aquella explicación, porque podían pensar que en realidad no había sido para tanto, pero eso era mejor que reconocer ante ellos todo el miedo que había pasado. Entonces habló uno de los hombres mayores. Era John Jones el Tendero, a quien llamaban así porque su esposa regentaba una pequeña tienda en la parte trasera de su casa.

    Mujer Callejera

    Las sospechas de Billy se vieron confirmadas. El muchacho meditó antes de responder. Decidió decir la verdad.