PERLAS DE SABIDURIA: POEMAS Y FRASES PARA UNA SERENA Y UNA VIDA CONSCIENTE

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Confieso que me alegré. La Federación de Estudiantes Yo había sido en Temuco el corresponsal de la revista Claridad, órgano de la Federación de Estudiantes, y vendía 20 o 30 ejemplares entre mis compañeros de liceo. Las noticias que el año de nos llegaron a Temuco marcaron a mi generación con cicatrices sangrientas. La "juventud dorada", hija de la oligarquía, había asaltado y destruido el local de la Federación de Estudiantes. La justicia, que desde la colonia hasta el presente ha estado al servicio de los ricos, no encarceló a los asaltantes sino a los asaltados.

Domingo Gómez Rojas, joven esperanza de la poesía chilena, enloqueció y murió torturado en un calabozo.

La repercusión de este crimen, dentro de las circunstancias nacionales de un pequeño país, fue tan profunda y vasta como habría de ser el asesinato en Granada de Federico García Lorca. Olía a gas y a café. Miles de casas estaban ocupadas por gentes desconocidas y por chinches. El transporte en las calles lo hacían pequeños y destartalados tranvías. Que se movían trabajosamente con gran bullicio de fierros y campanillas. Era interminable el trayecto entre la avenida Independencia y el otro extremo de la capital, cerca de la estación central, donde estaba mi colegio. A mí me trataba como si fuera un niño, que en realidad lo era.

Hay otros pacientes que esperan". Juan Gandulfo era pequeño de estatura, redondo de cara y prematuramente calvo. Sin embargo, su presencia era siempre imponente.

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En cierta ocasión un militar golpista, con fama de matón y de espadachín, lo desafío a duelo. Gandulfo aceptó, aprendió esgrima en quince días y dejó maltrecho y asustadísimo a su contrincante. Por esos mismos días grabó en madera la portada y todas las ilustraciones de Crepusculario, mi primer libro, grabados impresionantes hechos por un hombre que nadie relaciona nunca con la creación artística.

Manuel Rojas llegaba hace poco de la Argentina, después de muchos años, y nos dejaba asombrados con su imponente estatura y sus palabras que dejaba caer con una suerte de menosprecio, orgullo o dignidad. Era linotipista. Vino directamente a verme desde la estación de ferrocarril, que quedaba a algunos pasos de mi casa.

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Su aparición fue forzosamente memorable para un poeta de 16 años. Su cara delgadísima parecía trabajada en hueso o marfil. Vestía de negro, un negro deshilachado en los extremos de sus pantalones y de sus mangas, sin que por eso perdiera su elegancia.


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Su palabra me sonó irónica y aguda desde el primer momento. Su presencia me conmovió en aquella noche de lluvia que lo llevó a mi casa, sin que yo hubiera sabido antes de su existencia, tal como la llegada del nihilista revolucionario a la casa de Sacha Yegulev, el personaje de Andreiev que la juventud rebelde latinoamericana veía como ejemplo. Usaba sombrero cordobés y largas chuletas del prócer. Se movía en el mundo literario con un aire displicente de perdulario perpetuo, de despilfarrador profesional de su talento y su encanto.

Sus corbatas eran siempre espléndidas muestras de opulencia, dentro de la pobreza general. Se iba como había llegado, dejando versos, dibujos, corbatas, amores y amistades en donde estuvo.

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Como tenía una idiosincrasia de príncipe de cuento y un desprendimiento inverosímil, lo regalaba todo, su sombrero, su camisa, su chaqueta y hasta sus zapatos. Rojas Giménez nos impuso pequeñas modas en el traje, en la manera de fumar, en a caligrafía. Nunca me contagió con su apariencia escéptica, ni con su torrencial alcoholismo, pero hasta ahora recuerdo con intensa emoción 'la figura que lo iluminaba todo, que hacía volar la belleza de todas partes, como si animara a una mariposa escondida.

De don Miguel de Unamuno había aprendido a hacer pajaritas de papel. Construía una de largo cuello y alas extendidas que 'luego él soplaba. A esto lo llamaba darles el "impulso vital". Descubría poetas de Francia, botellas oscuras sepultadas en las bodegas, dirigía cartas de amor a las heroínas de Francis Jammes.

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Tanto llamaba la atención su derrochadora personalidad, que un día, en un café, se le acercó un desconocido que le dijo: —Señor, lo he estado escuchando conversar y he cobrado gran simpatía por usted. Es la manera de rendir mi homenaje a las personas interesantes que he encontrado en mi vida: saltarlos, si me lo permiten, después de muertos. Rojas Giménez aceptó loco de alegría aquella extraña proposición. Se fue el poeta con sus pajaritas de papel volando por el cielo y bajo la lluvia.

Pero aquella noche los amigos que le velaban recibieron una insólita visita. Nadie lo conocía. En seguida, sin decir una palabra, se retiró tan sorpresivamente como había llegado, desapareciendo en la lluvia y en la noche. Yo estaba recién llegado a España cuando recibí la noticia de su muerte.

Pocas veces he sentido un dolor tan intenso. Fue en Barcelona. Comencé de inmediato a escribir mi elegía "Alberto Rojas Giménez viene volando", que publicó después la Revista de Occidente. Había muerto tan lejos, en Chile, en días de tremenda lluvia que anegaron el cementerio. Me acerqué a mi amigo el pintor Isaías Cabezón y con él nos dirigimos a la maravillosa basílica de Santa María del Mar. Compramos dos inmensas velas, tan altas casi como un hombre, y entramos con ellas a la penumbra de aquel extraño templo. Porque Santa María del Mar era la catedral de los navegantes. Pescadores y marineros la construyeron piedra a piedra hace muchos siglos.

Luego fue decorada con millares de exvotos; barquitos de todos los tamaños y formas, que navegan en la eternidad, tapizan enteramente los muros y los techos de la bella basílica. Se me ocurrió que aquél era el gran escenario para el poeta desaparecido, su lugar de predilección si lo hubiera conocido. Hicimos encender los velones en el centro de la basílica, junto a las nubes del artesonado, y sentados con mi amigo, el pintor, en la iglesia vacía, con una botella de vino verde junto a cada uno, pensamos que aquella ceremonia silenciosa, pese a nuestro agnosticismo, nos acercaba de alguna manera misteriosa a nuestro amigo muerto.

Locos de invierno A propósito de Rojas Giménez diré que la locura, cierta locura, anda muchas veces del brazo con la poesía. Sin embargo, la razón gana la partida y es la razón, base de la justicia, la que debe gobernar al mundo. Miguel de Unamuno, que quería mucho a Chile, dijo cierta vez: "Lo que no me gusta es ese lema. Por la razón y siempre por la razón". Entre los poetas locos que conocí en otro tiempo, hablaré de Valdivia.

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Escribió preciosos versos cargados de sentimiento sutil, de intensa dulzura. Nuestro sobrenombre no le molestó nunca. A veces, en sus delgadísimos labios, lucía una sonrisa. Sus frases eran escasas, pero cargadas de emoción. Se hizo un rito llevarlo todos los años al cementerio.

Crónicas del olvido

A las 12 en punto se levantaba la mesa y en alegre procesión nos íbamos hacia el cementerio. En Buenos Aires conocí a un escritor argentino, muy excéntrico, que se llamaba o se llama Omar Vignole. Era un hombre grandote, con un grueso bastón en la mano. Por entonces publicó algunos de sus libros que siempre tenían títulos alusivos: Lo que piensa la vaca, Mi vaca y yo, etcétera, etcétera.

Cuando se reunió por primera vez en Buenos Aires el congreso del Pen Club mundial, los escritores presididos por Victoria Ocampo temblaban ante la idea de que llegara al congreso Vignole con su vaca.