Poesias y Escritos del Coronel Don Pedro Lacasa

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Contents

  1. Información de interés y ayuda
  2. Catalog Record: El Coronel don Pedro Suárez | HathiTrust Digital Library
  3. Lavalle Dorrego Por Pedro Lacasa - Libros, Revistas y Comics en Mercado Libre Argentina
  4. La Casa de los Cuervos

Información de interés y ayuda

Era la mano pequeñita de un niño de mi edad. Cuando me acerqué ya no estaba la mano y en su lugar había una diminuta oveja blanca. Era una oveja de lana desteñida. Las ruedas con que se deslizaba se habían escapado. Nunca había visto yo una oveja tan linda. La perdí en un incendio. El arte de la lluvia Así como se desataban el frío, la lluvia y el barro de las calles, es decir, el cínico y desmantelado invierno del sur de América, el verano también llegaba a esas regiones, amarillo y abrasador.


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Por suerte mi voluntarioso padre consiguió una casa prestada de uno de sus numerosos compadres ferroviarios. Mi padre, el conductor, en plenas tinieblas, a las cuatro de la noche nunca he sabido por qué se dice las cuatro de la mañana despertaba a toda la casa con su pito de conductor.


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Desde ese minuto no había paz, ni tampoco había luz, y entre velas cuyas llamitas se doblegaban por causa de las rachas que se colaban por todas partes, mi madre, mis hermanos Laura y Rodolfo y la cocinera corrían de un lado a otro enrollando grandes colchones que se transformaban en pelotas inmensas envueltas en telas de yute que eran apresuradamente corridas por las mujeres. Había que embarcar las camas en el tren. Estaban calientes todavía los colchones cuando partían a la estación cercana. Mientras tanto los trajines seguían, sin terminar nunca, en la casa.

No había cosa que no se llevaran para ese mes de vacaciones de pobres. El tren recorría un trozo de aquella provincia fría desde Temuco hasta Carahue. Las estaciones quedaban aisladas en medio del campo, entre aromos y manzanos floridos. Los indios araucanos con sus ropas rituales y su majestad ancestral esperaban en las estaciones para vender a los pasajeros corderos, gallinas, huevos y tejidos. Mi padre siempre compraba algo con interminable regateo. Era de ver su pequeña barba rubia levantando una gallina frente a una araucana impenetrable que no bajaba en medio centavo el precio de su mercadería.

Labranza era la primera estación, Boroa y Ranquilco la seguían. Nombres con aroma de plantas salvajes, y a mí me cautivaban con sus sílabas. No dejaron piedra sobre piedra de la ciudad descrita por Ercilla como bella y soberbia. Y luego la llegada a la ciudad fluvial. Bajar los bultos innumerables, ordenar la pequeña familia y dirigirnos en carreta tirada por bueyes hasta el vapor que bajaría por el río Imperial, era toda una función dirigida por los ojos azules y el pito ferroviario de mi padre.

Bultos y nosotros nos metíamos en el barquito que nos llevaba al mar. No había camarotes. Yo me sentaba cerca de proa.

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Bajo Imperial era sólo una hilera de casas de techos colorados. Estaba situado sobre la frente del río. El oleaje entraba en mi existencia. La casa pertenecía a don Horacio Pacheco, agricultor gigantón que, durante ese mes de nuestra ocupación de su casa, iba y llevaba por las colinas y los caminos intransitables su locomóvil y su trilladora. Era un hombrón que de repente irrumpía en nuestra familia ferroviaria hablando con voz estentórea y cubierto de polvo y paja cereales. Luego, con el mismo estruendo, volvía a sus trabajos en las montañas. Todo era misterioso para mí en aquella casa, en las calles maltrechas, en las desconocidas existencias que me rodeaban, en el sonido profundo de la marina lejanía.

La casa tenía lo que me pareció un inmenso jardín desordenado, con una glorieta central menoscabada por la lluvia, glorieta de maderos blancos cubiertos por las enredaderas. Por cierto que había en aquel jardín extraño otro objeto fascinante: era un bote grande, huérfano de un gran naufragio, que allí en el jardín yacía sin olas ni tormentas, encallado entre las amapolas.

Porque lo extraño de aquel jardín salvaje era que por designio o por descuido había solamente amapolas. Las otras plantas se habían retirado del sombrío recinto. Las había grandes y blancas como palomas, escarlatas como gotas de sangre, moradas y negras, como viudas olvidadas. Luego acariciaba y guardaba en un libro los pétalos de seda suntuosos. Eran para mí alas de grandes mariposas que no sabían volar. Cuando estuve por primera vez frente al océano quedé sobrecogido.

Allí entre dos grandes cerros el Huilque y el Maule se desarrollaba la furia del gran mar. No sólo eran las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros sobre nuestras cabezas, sino un estruendo de corazón colosal, la palpitación del universo. Allí la familia disponía sus manteles y sus teteras. Los alimentos me llegaban enarenados a la boca, lo que no me importaba mucho. Lo que me asustaba era el momento apocalíptico en que mi padre nos ordenaba el baño de mar de cada día. Lejos de las olas gigantes, el agua nos salpicaba a mi hermana Laura y a mí con sus latigazos de frío.

Y creíamos temblando que el dedo de una ola nos arrastraría hacia las montañas del mar. Cuando ya con los dientes castañeteando y las costillas amoratadas, nos disponíamos mi hermana y yo, tomados de la mano, a morir, sonaba el pito ferroviario y mi padre nos ordenaba salir del martirio. Contaré otros misterios del territorio aquél. Uno eran los percherones y otro la casa de las tres mujeres encantadas. Al extremo del villorrio se alzaban unas casas grandes.

Eran establecimientos posiblemente de curtiembres. Pertenecían a unos vascos franceses. Casi siempre estos vascos manejaban en el sur de Chile las industrias del cuero.

Catalog Record: El Coronel don Pedro Suárez | HathiTrust Digital Library

La verdad es que no sé bien de qué se trataba. Eran caballos percherones, potros y yeguas de estatura gigantesca. Sus grandes crines caían como cabelleras sobre los altísimos lomos. Tenían patas inmensas también cubiertas de ramos de pelambre que, al galopar, ondulaban como penachos. Eran rojos, blancos, rosillos, poderosos. Así habrían andado los volcanes si pudieran trotar y galopar como aquellos caballos colosales. Como una conmoción de terremoto caminaban sobre las calles polvorientas y pedregosas. Arrogantes, inconmensurables y estatuarios, nunca he vuelto a ver caballos como ésos en mi vida, a no ser aquellos que vi en China, tallados en piedra como monumentos tumbales de la dinastía Ming.

En realidad, aquel mundo silvestre estaba lleno de caballos. Por las calles, jinetes chilenos, alemanes o mapuches, todos con ponchos de lana negra de castilla, subían o bajaban de sus monturas. Estaban acostumbrados a sus amos y a la solitaria vida de poblado. Así continuaría montado sobre el caballo por kilómetros y kilómetros, hasta hundirse en la salvaje naturaleza como un animal vacilante, oscuramente invulnerable.


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Me acostumbré a andar a caballo. O de cuando en cuando también, inesperada, la flor del copihue, salvaje, indomable, irreductibles, colgando de los matorrales como una gota fresca de sangre. De esto hace muchos años, pero esa comunicación, esa revelación, ese pacto con el espacio han continuado existiendo en mi vida. En el lago Budi perseguían a los cisnes con ferocidad.

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Los cisnes, como los albatros, emprenden difícilmente el vuelo, deben correr patinando sobre el agua. Levantan con dificultad sus grandes alas. Los alcanzaban y a garrotazos terminaban con ellos. Me trajeron un cisne medio muerto. Era una de esas maravillosas aves que no he vuelto a ver en el mundo, el cisne cuello negro. Una nave de nieve con el esbelto cuello como metido en una estrecha media de seda negra. El pico anaranjado y los ojos rojos. Esto fue cerca del mar, en Puerto Saavedra, Imperial del Sur. Me lo entregaron casi muerto. Bañé sus heridas y le empujé pedacitos de pan y de pescado a la garganta.

Todo lo devolvía.

La Casa de los Cuervos

Sin embargo, fue reponiéndose de sus lastimaduras, comenzó a comprender que yo era su amigo. Y yo comencé a comprender que la nostalgia lo mataba. El nadaba un poco, cerca de mí. Yo quería que pescara y e indicaba las piedrecitas del fondo, las arenas por donde se deslizaban los plateados peces de sur. Pero él miraba con ojos tristes la distancia.

El cisne era casi tan grande como yo. Entonces, cuando lo tenía a la altura de mi pecho, sentí que se desenrollaba una cinta, algo como un brazo negro me rozaba la cara. Era su largo y ondulante cuello que caía. Así aprendí que los cisnes no cantan cuando mueren.

El verano es abrasador en Cautín. Quema el cielo y el trigo. La tierra quiere recuperarse de su letargo. Yo me voy por el campo y ando, ando.