SADIAM: PRINCIPALES CLAVES MENTALES DE ACCESO AL AMOR

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Contents

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  3. Categorías
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A la mañana siguiente, mi padre me dijo que iríamos a visitar a mi madre. Como creía que mi madre se pondría de mi parte y acabaría con la desprogramación, me apresuré a coger mis muletas y me instalé en el asiento trasero del coche, con la pierna estirada. Mi padre conducía, y dos desprogramadores iban a su lado. Me enfurecí, sin embargo, cuando mi padre no tomó la salida de la autopista de Long Island que conducía a su casa.

Aunque resulte difícil de creer, mi primer impulso fue intentar escapar partiéndole el cuello a mi padre. Pensé que era mejor matarlo que traicionar al Mesías. Como miembro, me habían dicho en repetidas ocasiones que era mejor morir o matar que abandonar la Iglesia.

No obstante, en aquel momento tenía plena confianza en que no podrían vencerme. Sabía que se me presentarían nuevas oportunidades de escapar, así que decidí no matar a mi padre.

Cuando llegamos al apartamento donde debían continuar las sesiones de desprogramación, intenté resistirme por la fuerza a salir del coche. Amenacé a mi padre con mucha violencia, y le dije que me abriría las heridas y las dejaría sangrar hasta morir. Mi padre se giró en su asiento y comenzó a llorar. Sólo había visto llorar antes a mi padre en una ocasión: cuando yo tenía quince años y murió mi abuela.

Entonces, como ahora, sentí un nudo en la garganta y un gran peso en el corazón. Ésta fue la primera ocasión desde que me había unido a la secta que, por un momento, me permití pensar desde su punto de vista. Comprendía su dolor y su ira, y también su amor paterno; pero seguía creyendo que los comunistas le había hecho un lavado de cerebro. Escucha lo que tienen que decir. Como padre, no puedo dormir por las noches sabiendo que no has escuchado a las dos partes. Reflexioné sobre la propuesta.

by cronica - Issuu

Yo sabía que lo que estaba haciendo era correcto. Sabía que Dios deseaba que permaneciera en el grupo. Conocía personalmente al Mesías, en carne y hueso. Me sabia el Principio Divino de memoria. Por otra parte, sabía que si permanecía con mis padres contra mi voluntad y luego escapaba, podrían obligarme a presentar una denuncia en su contra, y yo no quería hacer semejante cosa.

Acepté el acuerdo. Yo no intentaría escapar. Los antiguos miembros no eran en absoluto como yo esperaba. Había supuesto, debido a mi entrenamiento, que serían fríos y calculadores, poco espirituales, amantes del dinero y agresivos. En cambio, eran cariñosos, comprensivos, idealistas, espiritual y me trataron con respeto.

Como ex miembros, deberían haber mostrado infelices y atormentados por la culpa. No era así. Por el contrario, parecían muy felices y satisfechos de no estar en grupo y de ser libres para vivir su vida como quisieran. Todo eso resultaba muy contradictorio.

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Yo fui una persona muy difícil de desprogramar. Pensar y razonar me resultaba tan difícil en aquellos momentos como caminar con el barro hasta la cintura. Al cuarto día, hablaron de Hitler y el movimiento nazi. Me contuve a toda prisa. Los antiguos miembros me leían uno de los discursos de Moon a los representantes del Congreso.

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Hablaba de que los norteamericanos eran demasiado listos para dejarse lavar el cerebro por un coreano, y de lo mucho que él respetaba a los norteamericanos. Los tres americanos ex miembros, que estaban sentados frente a mi, me contaron uno tras otro cómo Moon les había lavado el cerebro. Les pedí a todos que salieran de la habitación. En comparación, el dolor del accidente no era ni la mitad del que sentía en ese momento.

Lloré durante mucho rato. Alguien entró y me puso una compresa fría en la frente. La cabeza me latía con fuerza, y sentía corno si tuviera una gran herida abierta. La recuperación: la vuelta a una vida normal.

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Tras reencontrarme conmigo mismo, un millón de preguntas danzaban en mi cabeza. La fantasía en la que me había apoyado para inspirarme día tras día y mes tras mes se había evaporado.

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Lo que quedaba era una persona asustada y confusa, pero todavía orgullosa. Era como si me hubiera despertado de un sueño y no estuviese seguro de haber vuelto a la realidad, o como si hubiera caído de un rascacielos pero sin llegar a estrellarme contra el suelo. Me embargaban muy diversas emociones.

Me faltaba la excitación de sentir que lo que estaba haciendo era de una importancia cósmica. Echaba de menos la sensación de poder que confiere la sencillez mental.

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Sentía una vergüenza tremenda por haberme dejado enredar por una secta. Mis padres ya me habían advertido que era una secta. Pasaron semanas antes de que pudiera dar las gracias a mis padres. Y tuvieron que transcurrir meses antes de que pudiera referirme a los Moon como una secta.

Leí durante meses. Leía todo lo que caía en mis manos. Al principio, el a mismo de leer era tremendamente dificultoso. Durante años sólo había leído literatura Moonie.

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Me resultaba difícil concentrar y había momentos en que me quedaba con la mente en blanco sin comprender lo que leía. Vivir en casa también presentaba sus dificultades. Estaba rr deprimido. No estaba acostumbrado a ser tan dependiente.

Había sido el responsable de una casa y dirigido las vidas de ocho personas. Me sentía muy mal por la experiencia que le había hecho vivir a mí familia. Se comportaban maravillosamente bien conmigo, pero yo no podía evitar un tremendo sentimiento de culpa. Había mentido a muchas personas, las había manipulado, engañado e inducido a que abandonaran a sus familias, sus estudios y a sus amigos para que siguieran a un dictador en potencia.

Conseguí dar con el paradero de Robert Jay Lifton y conseguimos una cita en su apartamento de Manhattan. Él sentía curiosidad por saber por qué alguien podía tener tanto interés en un libro acerca de las técnicas chinas de lavado de cerebro que había escrito quince años antes, en Es como una mutación híbrida de un virus maligno! Yo sólo lo sé en teoría y de segunda mano. También me preguntó si quería compartir con él la autoría de un libro sobre control mental, un proyecto que no se pudo concretar.