Sexo o Porción Deseada: Poemas

Descargar libre. Reserve el archivo PDF fácilmente para todos y todos los dispositivos. Puede descargar y leer en línea el archivo PDF Sexo o Porción Deseada: Poemas PDF Book solo si está registrado aquí. Y también puede descargar o leer en línea todos los archivos PDF de libros relacionados con el libro Sexo o Porción Deseada: Poemas. Feliz lectura Sexo o Porción Deseada: Poemas Bookeveryone. Descargue el archivo Libro gratuito PDF Sexo o Porción Deseada: Poemas en la Biblioteca completa de PDF. Este libro tiene algunos formatos digitales como el libro de papel, ebook, kindle, epub, fb2 y otros formatos. Aquí está la biblioteca de libros CompletePDF. Es gratis registrarse aquí para obtener el archivo del libro PDF Sexo o Porción Deseada: Poemas Pocket Guide.

Contents

  1. José Álvarez Baragaño
  2. Biografía:
  3. Sexualidad y adolescencia

Los enamorados también estaban asustados; la chica nos miraba con los ojos desmesuradamente abiertos de asombro. Nunca olvidaré aquel instante. Por primera vez había visto un abrazo amoroso y por primera vez miré al amor directamente a los ojos. Aunque antes ya me importunaban diversas visiones, esta inesperada escena amorosa me dejó atónito por su realismo. Esperé con impaciencia la confesión colectiva escolar que debía tener lugar durante las próximas fiestas de Semana Santa, para deshacerme de toda clase de pensamientos pecaminosos que empezaban a perseguirme.

Cuando me arrodillé al fin en la iglesia, arrojé mi pecado, con un cierto alivio, a la reja del confesionario; un pecado del que no era responsable: había visto cosas inmorales. En principio, estaba convencido de que había purgado toda la culpa caída sobre mí cuando subí al maldito muro. Pero la imagen de un excitado rostro de muchacha y el detalle de la piel femenina se me aparecían en la mente a todas horas.

Sobre todo por la mañana, cuando corría con la cafetera del señor cura al lado de la puerta del cementerio.

José Álvarez Baragaño

En vano me defendía y apartaba los ojos de los sepulcros llenos de signos extraños. No podía dejar de ver delante de mí los excitados ojos de la chica. La confesión no hizo su efecto. Con este acontecimiento me empezó a deprimir el estereotipo de mi vida, sobre todo de mis servicios a Dios y al señor cura. Pero me sirve para describir la sensación que se apoderó de mí.

La astucia y la maña demostradas por el cura cada día a través del misterio del servicio divino, a pesar de que en las clases de religión teníamos que hablar de él con palabras grandilocuentes y majestuosas, no me gustaban. El ofertorio me espantaba. Todo era frío, poco convincente y profesional: arrodillado delante del altar, me di cuenta de que aquel a quien estaba contestando no creía en lo que decía.

Me golpeaba obedientemente el pecho, pero mi alma de monaguillo se rebelaba contra la hipocresía que advertía a mi lado. Así pues, mi fervor fue desapareciendo, poco a poco y casi sin darme cuenta. No había nadie que pudiera evitarlo. Llevaba a mi madre sujeta por la axila y me arrimaba a ella. Delante de la gente me habría dado vergüenza esa manifestación de cariño y amor infantil, pero las calles estaban vacías. Mi madre solía arrodillarse en el banco y yo encendía una vela; la desenvolvía de su papel amarillo o rojo y cantaba al mismo tiempo a pleno pulmón.

Me fascinaba cantar los salmos de entrada de la misa, llenos de santidad y de maléfica belleza. Esto me encantaba, era conmovedor, aunque no entendía cómo desde el cielo pudo llover el justo y cómo el Salvador brotó de la tierra. Todo aquello era muy sincero y ameno, incluido el beso que solía dar a mi madre cuando me iba a la escuela. Tampoco puedo olvidar la Semana Santa, que yo acostumbraba a pasar con los padres de mi madre en la ciudad de Kralupy.

Sin embargo, el cielo ya era azul y la ciudad, llena de humo, estaba cercada por las alondras y las amas de casa habían pulido las ventanas, que brillaban como soles. Qué triste me ponía al acabar aquella belleza cuando la procesión doblaba la esquina, al lado del taller del hojalatero, y por el estrecho camino volvía a la iglesia, cantando siempre.

En fin. Otra vez en el instituto de Praga. No, aquí había algo que no funcionaba.

Biografía:

De mi corazón, que temblaba debajo de la camisa medio abierta, en la que faltaba un botón porque a mi madre no le daba tiempo cosérmelos todos, empezó a marcharse lentamente la ingenua devoción infantil. Y junto con ella, la fe de un niño. Lo que se ofreció a cambio fueron la duda y el asombro. Estaba desilusionado. Hasta que me sucedió lo siguiente: Una hermosa mañana de primavera, en la casa donde vivía el cura, me quedé mirando por la ventana abierta que daba al patio. Contemplaba un gato que torturaba refinadamente a un gorrión.

El patio estaba cerrado. Algo excitado, observé el astuto y cruel juego del gato. Cuando puse la cafetera sobre el armario oblongo donde poníamos las casullas, el café estaba tibio. Me asusté. Tenía miedo del profesor de religión, que nunca se mostraba demasiado amable con los estudiantes y que, al mismo tiempo, era el consejero íntimo del director de la escuela. También me sentí ofendido. Eso sí que era ingratitud.

Ya no tendría que llevar la cafetera, no estaría obligado a levantarme tan temprano cada mañana. Y en el mismo momento, volvió a mis ojos la escena amorosa que había visto al lado de la pared del cementerio no hacía mucho. Me resultó agradable recordar a la joven abrazada por el muchacho. Pero ya no rechazaba el recuerdo; al contrario.

Mandé a paseo el espejo confesonario. En cambio, me entregué por completo a nuestro nuevo profesor de lengua.

Poesía Sensual - Pablo Neruda

Por la mañana, en su primera clase de lengua, cuando todos estaban obligados a rezar el Ave María en alta voz, él se ponía junto a la ventana. Es verdad que una vez me puso en ridículo, pero eso no hizo disminuir mi cariño por él.

Sexualidad y adolescencia

Cometí en él un error de ortografía. Se quedó parado delante de mí y comentó en voz alta, con una mueca:. Por aquella época, yo ya estaba familiarizado con la tripulación del célebre Nautilus. Ned Land le contestaba con estas famosas palabras:. Sí; cerré el libro de texto de catecismo y, por dos coronas, me compré una minuciosa edición del Mayo de Macha, que había editado Lorenz de Tfebíc.

Desde aquella historia, me había parado muchas veces al lado de la verja de hierro del cementerio judío, en la frontera entre dos barrios, Zizkov y Vinohrady. Y meditando y recordando, miraba la oscura piedra arenisca de los sepulcros.


  • TALENTOS DESVÉLALOS, DESCÚBRELOS Y REALÍZALOS;
  • Doctrina Del Evangelio.
  • Header Menu;

Tal vez los que pasaban de largo pensaban que estaba observando las incomprensibles inscripciones de los sepulcros. Pero yo pensaba en lo mío, que me resultaba perfectamente comprensible.

Seguidores

Solía pasar por la noche, cuando en el río Moldava se resquebrajaban los hielos. Durante varios días, aparecían charcos en el río helado. Entonces ya estaba prohibida la entrada al hielo. Luego llegaban unas aguas turbias y, bajo su presión, el hielo empezaba a romperse. Desde que se acabaron las construcciones conductoras del río, el Moldava ya no se congela en Praga. Cierta primavera, una repentina e inesperada riada soltó los hielos del río Berounka antes que los de otros ríos, y cerca del pueblo de Modfany se creó una enorme barrera de hielo que amenazaba con una inundación.

Tuvieron que acudir los soldados y partir a tiros los témpanos de hielo amontonados. Las detonaciones se sentían hasta en Praga y los puentes estaban repletos de gente. Yo también miraba desde un puente, lleno de curiosidad, la desierta pista de hielo donde precisamente aquel invierno iba a patinar casi a diario. A veces incluso con una encantadora muchacha, que llevaba un gracioso peinado pero ya un poco pasado de moda. Dos moñitos de color avellana sobre las orejitas.

Al lado estaba una barraca, en la que cobraban una entrada mínima y preparaban el té. Todo esto lo habían quitado hacía unos días y sólo cuatro abetos abandonados surgían de la blanda nieve. Al cabo de un momento, después de las detonaciones, llegaron las primeras olas y, con un tremendo estampido, se rompió la placa de hielo sobre la superficie.