Un vaquero cruza la frontera en silencio

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  2. UN VAQUERO CRUZA LA FRONTERA EN SILENCIO
  3. Contraportada - Columna de Reseña - un vaquero cruza la frontera en silencio
  4. Un vaquero cruza la fronteraEn silencio

Alguien tocó a la puerta cierta noche del verano de Guadalupe salió a ver. El visitante era un joven veinteañero que le acercó una tarjeta blanca en la que se veían muchas pequeñas manos dibujadas de diferentes formas. Era el abecedario del Lenguaje de Señas. El padre de Gerónimo sacó un poco de morralla y se la dio al muchacho. Guardó la tarjeta y a la tarde siguiente llevó a su hijo a la dirección que venía en ella. La escuela estaba sobre la calzada Madero, una de las avenidas importantes del antiguo Monterrey a la que por las noches le brillaban elegantes farolas encendidas y la animaba el sonido de la cumbia.

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Se llamaba El Prisionero. Su símbolo era una ardilla. Fue el profesor Sauza quien involucró a Gerónimo en las actividades de la escuela. El lugar funcionaba al mismo tiempo como agencia de trabajo. Los profesores presentaban estos viajes a los padres como una forma de integrar a sus alumnos con el mundo, aunque incluían una lógica mercantil, ya que una parte de las ventas iba para la escuela y otra, menor, se la quedaban los propios jóvenes sordos emprendedores. Era en verdad un proyecto solidario.

Gerónimo hizo su primer viaje fuera de Nuevo León a los 14 años, como parte de los tours de trabajo organizados en la Escuela de la calzada Madero.

Fue como ir a otro planeta: el asfalto interminable de la hinchada urbe del Distrito Federal contrastaba con el terregal en el que había crecido, tanto en Rancho Nuevo como en Monterrey. Ahí pasó cuatro meses. Hizo visitas cortas a Guanajuato, Puebla y Aguascalientes. Conoció a sordos chilangos que tenían fama de ser abusivos con los de provincia, pero algunos se convirtieron en buenos amigos durante el tiempo que pasó en la capital. Participó en una protesta en la que se exigía cesar la discriminación de los sordos mexicanos y se demandaba proveer de mayor apoyo económico a la Escuela Nacional de Sordos.

Se trata de una institución muy importante en la historia de los sordos latinoamericanos. El autor que la conoció a finales del siglo XIX, es José Martí, y el artículo que escribió, tras la visita, comienza así:. Todo esto se siente, y muchas cosas se aman, ante esos seres abrazados por su propia luz, sin sentidos con que transmitirla, ni aptitudes para recibir el calor vivificante de la ajena. Se abusa de esta palabra sublime; pero toda ternura es sublimidad, y el sordomudo enseñado es la obra tenaz de lo tierno. La paciencia exquisita, el ingenio excitado, la palabra suprimida, elocuente el gesto, vencido el error de la naturaleza, y venceder sobre la materia torpe el espíritu benévolo, por la obra de la calma y de la bondad.

Hay en la escuela un niño, Labastida, de cabellos negros y brillantes, con los ojos vivaces de candor, la frente espaciosa, la boca sonriente, la expresión dócil y franca. Seduce ese niño: invita a abrazarlo. A su lado trabajaba Ponciano Arriaga, hijo del hombre ilustre que incrustó principios de oro en la hermosa Constitución mexicana. Huet; resuelve problemas complicados de aritmética superior; dibuja con pureza de contornos, y con delicadeza y morbidez de sombras.

Dicen que Arriaga tiene una extraordinaria facilidad de comprensión; y en verdad, aquella frente parece hecha para soportar graves pensamientos. Otro niño resuelve, al lado de éstos, problemas de aritmética, con rapidez que aun en niños dotados de todos sus sentidos llamaría la atención. Su frente voluminosa se levanta en curva desde sus ojos investigadores y severos hasta su cabello abundante y rizado. Es un niño grave, en que se presiente al hombre. Sin quererlo, somos injustos. Gerónimo fue sólo un par de veces a la Escuela Nacional de Sordos, a reuniones convocadas por el grupo con el que llegó a la capital.

El Monumento a la Revolución Mexicana era el sitio preferido por Gerónimo para vender llaveros. Los turistas se portaban generosos, sobre todo los parroquianos vespertinos de las cantinas aledañas. En cambio, en las oficinas vecinas de la Dirección Federal de Seguridad DFS , si bien estaban especializados en hacer hablar a la gente que era detenida bajo sospecha de oponerse al gobierno, la vendimia era poca. Antes de regresar del Distrito Federal a Monterrey, el grupo viajó a Guadalajara por unas semanas.


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Gerónimo decidió ahí que se iría de mojado a Estados Unidos. Hay una foto Polaroid de mi tío Gerónimo, tomada en los 70, en la que se le ve el aire de forastero con el que dio sus primeros pasos en Estados Unidos. Aparece en una casa en construcción en pleno valle de Texas. Trae puestos un pantalón de mezclilla y una camisa blanca. Listo para trabajar. No encontraron tantas oportunidades y las pocas que había se las daban a migrantes mexicanos oyentes. Empezaron a vender llaveros en el Downtown.

Semanas después, se toparon con un grupo de sordos texanos a los que no les agradaba la idea de tener competencia de vendedores mexicanos. Entre ese momento y , los detuvieron y deportaron unas cuantas veces. La frontera entre México y Estados Unidos era un vasto y movedizo territorio de personas. Luego consiguieron un aventón a Monterrey con un trailero. Trataron de convencerlo de que se fuera a Rancho Nuevo a hacer vida de vaquero, algo que sabían que le gustaba tanto como viajar.

Gerónimo era un migrante que no sólo buscaba salir de la pobreza.


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  • También le interesaba vivir. Mientras decidía qué hacer con su vida hora que era mayor de edad, Gerónimo fue a tramitar su cartilla de servicio a la oficina de reclutamiento de la séptima Zona Militar en Monterrey. Semanas después, Gerónimo volvió a cruzar la frontera. Fue un viaje de varios días, muy lento, por el caluroso noroeste mexicano. Por Tijuana cruzó a California. Una especie de comuna móvil, muy ad hoc con el momento hippie enmarcado por la guerra de Vietnam.

    La historia resultó cierta. Apenas llegaron, la comuna los acogió y en poco tiempo estaban viajando en vans desvencijadas, primero por ciudades y pueblos del oeste estadounidense, luego atravesaron el país, hasta que llegaron a Nueva York. Eran unos jóvenes felices, de rostros barbados como revolucionarios cubanos, que viajaban apretujados y miraban de reojo, por las ventanillas, su nuevo país, mientras conversaban con las manos y con algarabía.

    Algunas veces los dirigía un sordo pionero que ya había estado antes en el pueblo o en la ciudad visitada.

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    Permanecían cierto tiempo y después emprendían la marcha de nuevo. Algunos sordos del grupo conseguían buenos empleos en maquiladoras y abandonaban la caravana, pero eran los menos. Los sordos sin papeles competían con los obreros estadounidenses y con los obreros migrantes, también sin papeles, pero oyentes.

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    Llevaban la de perder. Luego reanudaban el viaje en busca de un nuevo sitio donde aterrizar.

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    Si les iba bien, enviaban dinero a sus padres, o a sus hijos, o se compraban ropa bonita, o se daban una buena comilona. La caravana también iba dejando sordos cansados, que se frustraban y caían en el alcoholismo, o que desaparecían con sus hombros heridos de viajeros. En sus andanzas se relacionaban, sobre todo, con otros sordos, pero también conocían migrantes mexicanos oyentes, desplazados de Oaxaca, Puebla y Guerrero.

    Si había modo, Gerónimo platicaba con ellos sobre la siembra, con la idea de volver un día a México a trabajar las tierras yermas de su familia, en Rancho Nuevo. Hubo un momento en que la caravana se detuvo y cada quien se instaló por su cuenta. Gerónimo regresó a San Antonio, tras enamorarse en Atlanta. La relación entre los tres permaneció firme. En Monterrey, Graciela se dedicaba a coser vestidos para fiestas de quinceaños y bodas.

    Un vaquero cruza la fronteraEn silencio

    Se casó con el amigo de su hermano Gerónimo y ambos hicieron su vida en Carolina del Norte. A diferencia de Gerónimo, Graciela nunca ha dejado de recorrer el país haciendo ese trabajo. A principios de los 80 se beneficiaron de leyes especiales y dejaron de ser indocumentados en Estados Unidos, sombras fugitivas.